Español

Publicaciones Recientes

[+] Ver todas

Novedades

Publicación del libro: La vida después de la Deuda

En los últimos 30 años las crisis económicas se han vuelto más frecuentes y costosas que nunca. Este volumen ofrece una discusión pluralista de estudiosos de renombre mundial sobre los aspectos internacionales de la crisis de la deuda y sus perspectivas de resolución. Se argumenta que las políticas económicas actuales agravan el problema de los mercados ineficientes e inestables, ya que se basan en la teoría económica estándar que se centra en los modelos de equilibrio en lugar de comportamiento de equilibrio. Proporciona una evaluación completa de cómo la crisis de la deuda ha afectado a Europa occidental, los mercados emergentes y América Latina, y presenta diferentes propuestas para la recuperación.  El volumen se divide en tres partes. La primera parte analiza cómo la crisis de la deuda ha afectado a diferentes regiones de todo el mundo y examina las lecciones para Europa a partir de la experiencia latinoamericana. La segunda sección revisa la teoría y la evidencia empírica de los costos del incumplimiento, y analiza el proceso de reestructuración. La última sección examina las políticas, instrumentos y mecanismos de resolución de crisis. Acerca de los Autores: Joseph E. Stiglitz es profesor universitario en la Universidad de Columbia, EE.UU., ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, y uno de los autores del informe del IPCC de 1995, que compartió el Premio Nobel de la Paz en 2007. Fue presidente del Consejo de Asesores Económicos de Estados Unidos bajo el presidente Clinton y economista jefe y vicepresidente senior del Banco Mundial para el período 1997-2000. Stiglitz recibió la medalla John Bates Clark, otorgado anualmente al economista estadounidense menor de 40 años que ha hecho la contribución más significativa para el sujeto. Él era becario de Fulbright en la Universidad de Cambridge, Reino Unido, llevó a cabo la Cátedra Drummond en All Souls College, Oxford, Reino Unido, y también ha sido profesor en el MIT, Yale, Stanford y Princeton.   Daniel Heymann es profesor de Economía en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad de San Andrés, y Director del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires (IIEP BAIRES UBA - CONICET), creado conjuntamente por la Universidad de Buenos Aires y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas  de Argentina (CONICET). Estudió Economía y Física en la UBA, y recibió su doctorado en Economía de la UCLA. Es miembro de la Academia Argentina de Ciencias Económicas, y fue Presidente de la Asociación de Economía de la República Argentina (AAEP) por el plazo 2008- 2010. Sus áreas de interés son la macroeconomía, el desarrollo y los modelos de sistemas complejos en Economía.  

Revista Veintitrés: Aldo Ferrer y sus días, de Marcelo Rougier

Link: http://www.veintitres.com/article/details/21104/aldo-ferrer-y-sus-dias-de-marcelo-rougier Luego de la disolución del Ministerio de Economía y el fin de su experiencia en la gestión a nivel nacional, Aldo Ferrer regresó al llano, quedó relativamente marginado de la vida política y retomó algunas de sus tareas como consultor. Sólo tuvo en este período un breve paso por la administración durante el también fugaz gobierno de Héctor Cámpora, lo que revela, de algún modo, el relativo aislamiento de su presencia pública, y de sus ideas, durante estos años. Con todo, la fuerte crítica que desplegó frente a la política económica de José Alfredo Martínez de Hoz pronto ubicó a Ferrer en un escenario privilegiado para la difusión de sus ideas, y terminaría por ubicarlo en un lugar destacado con la crisis de esa política y el final de la experiencia dictatorial. (…)Marcelo Rougier: Cuando saliste del Ministerio, o mejor dicho cuando el Ministerio se disolvió, supongo que fue bastante traumático volver al llano, especialmente luego de estar encumbrado en el poder y tener tanta capacidad de acción.  Aldo Ferrer: Como ya te conté, al salir del gobierno, el primer ofrecimiento de trabajo fue el del ingeniero Madanes, que no acepté, y el segundo, el de la Cámara de Frigoríficos Regionales, en el cual me desempeñé varios años. Puse mi oficina en un departamento del segundo cuerpo de la casa en que vivo, en el cual, al mismo tiempo, mi señora tenía su consultorio psicoanalítico. Allí nos encontrábamos con Roberto Lavagna para preparar los estudios. Ese era mi principal ingreso. En la misma época, mis amigos de Acción Democrática de Venezuela estaban en el gobierno. Viajé mucho a Caracas, como consultor del Instituto de Comercio Exterior y otras tareas. También volví a participar en los programas de desarrollo científico y tecnológico patrocinados por la OEA. En 1974 publiqué, en Paidós, mi libro Tecnología y política económica en América Latina. Resumí allí la experiencia recogida en mi actuación internacional y mi paso por el gobierno nacional: el papel del Compre Nacional, el financiamiento, la estrategia de Zárate-Brazo Largo, el apoyo a las empresas innovadoras de capital nacional y el modus vivendi con el capital extranjero. No logré reactivar la publicación de los informes cuatrimestrales del Centro de Estudios de Coyuntura del IDES, cuya preparación abandoné cuando entré al gobierno. Pero nos seguimos reuniendo con alguna frecuencia, en la sede del Instituto, para seguir la marcha de la economía en el tramo final del gobierno de facto y el posterior breve período peronista, hasta el golpe de Estado de 1976. A mi cátedra, en la Facultad de Ciencias Económicas, no había vuelto desde mi renuncia cuando el gobierno de Onganía intervino la Universidad de Buenos Aires. Además hice algunos otros trabajos profesionales, pero no logré consolidarme como consultor. Ocurre que respecto del sector privado, las ideas que cultivé no eran necesariamente las que “ellos querían escuchar”. A mediados de 1971 descubrí el aerobismo. Julio Aray fue el responsable. Era un querido amigo venezolano, médico psicoanalista, formado en la Argentina, del grupo de Arnaldo Rascovsky. Lo conocí poco después de mi casamiento a través de Susana. Mi relación previa con Venezuela profundizó la amistad. Era el Caribe y la pasión tropical en persona. A fines de la década de 1960, casado con una argentina, Susana Burlando, y con un hijo, regresó a Caracas, en tiempos del auge petrolero. Tuvo una carrera brillante en su país y regresaba frecuentemente a la Argentina, con sus petrodólares y su generosidad. En abril o mayo, en uno de sus viajes, me habló del doctor Cooper, el médico norteamericano, inventor del aerobismo y de la carrera como principal disciplina de entrenamiento. Empecé a correr con Julio y seguí, toda la década de 1970 y principios de la de 1980, corriendo alrededor de diez kilómetros, tres veces por semana, en los bosques de Palermo. En la misma época, su cuñado, Roberto Burlando, y su entonces esposa, Rosa, profesores de educación física, fueron pioneros con sus clases de gimnasia y aerobismo en los bosques de Palermo. Formamos un grupo de amigos, fanáticos del aerobismo. Del grupo formaban parte amigos como Horacio Hirsch, Rodolfo Livingston y Emilio Weinschelbaum. Corríamos juntos y, a menudo, hacíamos tiradas largas hasta la casa de Mito Sicorsky en San Isidro y, en una oportunidad, a la de los Burlando, en Don Torcuato. En ese entonces no era frecuente ver a gente corriendo por puro deporte. Sucedió, a veces, que, desde algún vehículo que pasaba, me gritaran: “Atorrante, andá a trabajar”. Esos fueron los años de mis frecuentes viajes a Caracas. Siempre me encontraba con los Aray y con Julio corríamos, a menudo en la Ciudad Universitaria. Julio ya no está, pero hace pocos días festejamos aquí en Buenos Aires los cincuenta años de su hijo Julito, con su madre y familia argentina y venezolana, que incluye a Yeyi Burlando, abogada de mi familia, y a su marido y querido amigo, Mauricio Acuña. A mediados de la década de 1980 me reapareció el asma que había sufrido al final de la escuela primaria y que, sumada al infarto de 1989, me alejó de la carrera. Recuperado, volví a nadar y en eso estoy desde entonces. Soy nadador de pileta, pero en Punta del Este varias veces nadé en aguas abiertas en el trayecto que va desde la Isla Gorriti a tierra firme, en Imarangatú. MR: Políticamente, en el contexto de esos primeros años setenta, ¿seguías vinculado al radicalismo? AF: Al salir del gobierno, estaba desvinculado de la UCR y la UCRI. Estaba absolutamente fuera del juego político, tratando de arreglar un poco mis cuestiones personales. No quedé vinculado políticamente a Alende pero sí de manera afectiva, conservaba la amistad, con él y su mujer, Elena. Te diría que con Alende tuve una relación de afecto que iba más allá de la política. Alende, a diferencia de otros políticos, que son fríos y calculadores, era un hombre muy afectivo. Algunos amigos me invitaron a apoyar la candidatura peronista pero no acepté, entre otras razones, por el buen consejo de Susana. Para alejarme del vértigo político de los meses previos a la elección de Cámpora, organizó un largo viaje, en auto, con nuestras tres hijas, a Chile. Era el tiempo del gobierno de Allende, me vi con viejos amigos chilenos y de la CEPAL. La situación económica era muy compleja y la “lucha de clases” generaba una tensión extrema. América del Sur estaba convulsionada por el contagio de la Guerra Fría, los movimientos armados inspirados en la revolución cubana y las respuestas cada vez más duras para mantener la “seguridad del Estado”. Era, también, la fase final de los proyectos inspirados en el desarrollismo de la CEPAL. Se afianzaba la creciente hegemonía de la financiarización de la economía mundial, que culminó, al fin de la década de 1970 y principios de la siguiente, con las reformas de los gobiernos de Reagan y Thatcher. Era la instalación de la hegemonía neoliberal, de la cual, las dictaduras, con Martínez de Hoz en la Argentina y los “‘Chicago boys” en Chile, fueron precursoras. MR: ¿Durante el gobierno de Héctor Cámpora también estuviste al margen? AF: Enseguida te cuento lo de Salto Grande, pero antes, vale la pena recordar que el proyecto del cual participé, en esa etapa del gobierno de facto, no era factible por el retorno imparable del peronismo y las divisiones dentro del Ejército. La idea de Jaguaribe, de cambiar la dirección de donde apuntan los cañones, no prosperó. Como responsable del libreto de la política económica nacional y desarrollista, formé parte de la caída de ese proyecto. Cuando Gelbard estaba armando el equipo económico, me contaron que alguien propuso que me llamaran y que el ingeniero D’Adamo dijo: “No, Ferrer es la imagen del fracaso”. MR: Una especie de castigo por haber participado del gobierno militar... AF: Creo que haber sido ministro de Levingston me evitó ser funcionario de un gobierno que fue el preludio de la catástrofe. Sin ese antecedente, dada mi relación anterior con Gelbard, es muy probable que me hubieran invitado a integrar el equipo económico. Sin embargo, pocos días después de la toma de posesión del gobierno de Cámpora, recibí un llamado de su canciller, Juan Carlos Puig, un distinguido profesor especialista en relaciones internacionales, a quien no conocía personalmente. Me convocó a una entrevista y, en el encuentro, me invitó a asumir la presidencia de la delegación argentina a la Comisión Técnica Mixta de Salto Grande. Sorprendido contesté: “Ministro, yo fui recientemente funcionario del gobierno de facto, ¿el Presidente sabe de este ofrecimiento?”. Me respondió que era una idea del Presidente, que le dijo: “Este hombre merece un reconocimiento”. No lo podía creer, volver en estas condiciones a ocuparme de un tema que había trabajado como ministro de Obras y Servicios Públicos, cuando superamos la parálisis de este emprendimiento binacional con Uruguay y lo pusimos en marcha. Lo que pasa es que el mensaje que transmití en el gobierno de Levingston trascendía la situación política del período. Como ese mensaje estaba en sintonía con la mejor tradición de las corrientes nacionales y populares del peronismo y el radicalismo, en esos espacios había simpatías con mi planteo, aunque fueran opositores al gobierno de facto. Cámpora era un ejemplo de esta situación. Los acontecimientos posteriores me impidieron conocerlo personalmente y agradecerle su gesto. Mi gestión duró el mismo tiempo que el breve mandato del presidente Cámpora. En los mismos días se casó una hija de Gelbard con una gran fiesta en el Hotel Plaza, donde estaba incluso lo más granado del establishment. Todo el mundo “iba al pie”. Susana, con buen criterio, me aconsejó no ir, pero fuimos. Cuando lo saludé, Gelbard me dijo: “Lo felicito, tiene un amigo en el Ministerio de Economía”. Terminada la presidencia de Cámpora, Gelbard cambió la conducción de la delegación argentina en Salto Grande. MR: Pero esto, ¿vendría por Gelbard o quizá por una presión desde otro lado? AF: No creo. A fines de abril o principios de mayo de 1974, los dirigentes de la CGE organizaron una cena en homenaje a Gelbard, en el restaurante del Automóvil Club Argentino, a cincuenta metros de mi casa. En la concurrencia estaba también Arturo Jauretche. Al salir, lo llevé en mi auto a su casa y en el trayecto tuve la impresión de que estaba desconcertado con la figura de Gelbard y con temor de que el país se encaminaba a la tragedia, con la violencia política, los asesinatos, la Triple A. Fue mi último encuentro con don Arturo. Falleció pocos días después, el 25 de mayo. El estado general de ánimo era de incertidumbre, con la violencia que surcaba el escenario. Pensar la economía en esas circunstancias era casi superfluo, porque era evidente que el país se encaminaba a la tragedia.    Mini bio Doctor en Historia, Marcelo Rougier es también investigador del Conicet y docente en la Universidad de Buenos Aires. Volcado en ambas tareas a la historia económica y la historia de las políticas económicas en la Argentina y América latina, publicó Industria, finanzas e instituciones: la experiencia del Banco Nacional de Desarrollo; Perón y la burguesía argentina y La economía del peronismo, entre otros títulos. Editor de H-Industri@, revista de historia de la industria, los servicios y las empresas en América latina, es responsable de la serie “Estudios sobre la industria argentina”, una reconstrucción analítica y empírica de los procesos de industrialización en el país desde 1940 en adelante. Este libro es una extensa y entretenida conversación con un hombre de múltiples actividades que ha sido pertinaz con sus ideas.

[+] Ver todas