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El Peronismo que no fue: El papel de la lucha política inter-industrial en la temprana frustración del Peronismo de Perón

Carlos Acuña /// El trabajo coloca el foco en el periodo que abarca de los años treinta hasta 1955 para argumentar que las políticas del Peronismo persiguieron incorporar en su alianza constitutiva a la gran burguesía industrial. Y esto no con la mera aspiración de contar con su capacidad de inversión, aunque disciplinada políticamente bajo la conducción del pequeño-mediano empresariado, sino apuntando a que jugase un papel central de liderazgo económico-político sobre el conjunto del empresariado. La razón fundamental de su fracaso en alcanzar este objetivo, por otra parte, no sólo se encuentra en la desconfianza del gran empresariado industrial frente al poder sindical sino, con igual relevancia como causa de la ruptura entre el gran empresariado industrial y el Peronismo, en las contradicciones internas de la burguesía industrial: el trabajo sostiene que el Peronismo “realmente existente” y sobre el que se articuló la matriz de la lucha política argentina a partir de mediados de los años cincuenta, no fue el perseguido por las estrategias estatales implementadas por el gobierno de Perón sino, por el contrario, el resultado del fracaso políticoinstitucional de estas frente al veto de actores en pugna dentro del empresariado industrial. En síntesis, el Peronismo “de Perón” no era el de la triple alianza sino uno que incorporaba con un papel de liderazgo, a la fracción industrial del gran capital.

Multiple Choices: Economic Policies in Crisis

Heymann, D. y Axel Leijonhufvud /// Debt crises have occurred in highly developed countries at the center of the world economy with large and sophisticated financial systems and enormous volumes of transactions in complex instruments. They have equally occurred in peripheral and emerging countries where debt contracts have been plain and simple and the outstanding volume of obligations much smaller in relation to GDP. They have occurred in countries where the domestic standard of denomination entirely dominates and in countries largely relying on foreign currencies. In many cases, they have been preceded by large current account deficits; in others by rough external balance or even a surplus. The build-­‐up to some crises has involved substantial budget deficits but this has not always been the case – even if in the end the crisis itself may produce fiscal trouble. Crises frustrate expectations, threaten the revision of contractual promises and force dramatic revisions of perceived wealth. They are memorable episodes that leave traces in economic behavior and performance for a long time. In this sense, they belong to a family of events. The ironic message of Rogoff’s and Reinhart’s title, This Time is Different (2011), is thus plus ça change, plus c’est la même chose. But all crises have their own idiosyncracies. A crisis that recurrently repeats itself seems a contradiction in terms. When it comes to policies, the particularities matter and are often essential. There is no uniform prescription to fit all cases. The history of the economy and the structural characteristics that result will determine the form the crisis takes. The productive structure and the position of the country in the world economy matter. Of particular importance are the balance sheets 1and cash flows of the major sectors, including governments and the central bank. Recent events have demonstrated that particular types of contracts, especially recently innovated ones, can play a crucial role. All of these factors influence the effects and effectiveness of particular policy actions. A full mapping of policies to circumstances is neither feasible nor desirable. The selection of topics that follows is admittedly subjective.

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Novedades

Revista Veintitrés: Aldo Ferrer y sus días, de Marcelo Rougier

Link: http://www.veintitres.com/article/details/21104/aldo-ferrer-y-sus-dias-de-marcelo-rougier Luego de la disolución del Ministerio de Economía y el fin de su experiencia en la gestión a nivel nacional, Aldo Ferrer regresó al llano, quedó relativamente marginado de la vida política y retomó algunas de sus tareas como consultor. Sólo tuvo en este período un breve paso por la administración durante el también fugaz gobierno de Héctor Cámpora, lo que revela, de algún modo, el relativo aislamiento de su presencia pública, y de sus ideas, durante estos años. Con todo, la fuerte crítica que desplegó frente a la política económica de José Alfredo Martínez de Hoz pronto ubicó a Ferrer en un escenario privilegiado para la difusión de sus ideas, y terminaría por ubicarlo en un lugar destacado con la crisis de esa política y el final de la experiencia dictatorial. (…)Marcelo Rougier: Cuando saliste del Ministerio, o mejor dicho cuando el Ministerio se disolvió, supongo que fue bastante traumático volver al llano, especialmente luego de estar encumbrado en el poder y tener tanta capacidad de acción.  Aldo Ferrer: Como ya te conté, al salir del gobierno, el primer ofrecimiento de trabajo fue el del ingeniero Madanes, que no acepté, y el segundo, el de la Cámara de Frigoríficos Regionales, en el cual me desempeñé varios años. Puse mi oficina en un departamento del segundo cuerpo de la casa en que vivo, en el cual, al mismo tiempo, mi señora tenía su consultorio psicoanalítico. Allí nos encontrábamos con Roberto Lavagna para preparar los estudios. Ese era mi principal ingreso. En la misma época, mis amigos de Acción Democrática de Venezuela estaban en el gobierno. Viajé mucho a Caracas, como consultor del Instituto de Comercio Exterior y otras tareas. También volví a participar en los programas de desarrollo científico y tecnológico patrocinados por la OEA. En 1974 publiqué, en Paidós, mi libro Tecnología y política económica en América Latina. Resumí allí la experiencia recogida en mi actuación internacional y mi paso por el gobierno nacional: el papel del Compre Nacional, el financiamiento, la estrategia de Zárate-Brazo Largo, el apoyo a las empresas innovadoras de capital nacional y el modus vivendi con el capital extranjero. No logré reactivar la publicación de los informes cuatrimestrales del Centro de Estudios de Coyuntura del IDES, cuya preparación abandoné cuando entré al gobierno. Pero nos seguimos reuniendo con alguna frecuencia, en la sede del Instituto, para seguir la marcha de la economía en el tramo final del gobierno de facto y el posterior breve período peronista, hasta el golpe de Estado de 1976. A mi cátedra, en la Facultad de Ciencias Económicas, no había vuelto desde mi renuncia cuando el gobierno de Onganía intervino la Universidad de Buenos Aires. Además hice algunos otros trabajos profesionales, pero no logré consolidarme como consultor. Ocurre que respecto del sector privado, las ideas que cultivé no eran necesariamente las que “ellos querían escuchar”. A mediados de 1971 descubrí el aerobismo. Julio Aray fue el responsable. Era un querido amigo venezolano, médico psicoanalista, formado en la Argentina, del grupo de Arnaldo Rascovsky. Lo conocí poco después de mi casamiento a través de Susana. Mi relación previa con Venezuela profundizó la amistad. Era el Caribe y la pasión tropical en persona. A fines de la década de 1960, casado con una argentina, Susana Burlando, y con un hijo, regresó a Caracas, en tiempos del auge petrolero. Tuvo una carrera brillante en su país y regresaba frecuentemente a la Argentina, con sus petrodólares y su generosidad. En abril o mayo, en uno de sus viajes, me habló del doctor Cooper, el médico norteamericano, inventor del aerobismo y de la carrera como principal disciplina de entrenamiento. Empecé a correr con Julio y seguí, toda la década de 1970 y principios de la de 1980, corriendo alrededor de diez kilómetros, tres veces por semana, en los bosques de Palermo. En la misma época, su cuñado, Roberto Burlando, y su entonces esposa, Rosa, profesores de educación física, fueron pioneros con sus clases de gimnasia y aerobismo en los bosques de Palermo. Formamos un grupo de amigos, fanáticos del aerobismo. Del grupo formaban parte amigos como Horacio Hirsch, Rodolfo Livingston y Emilio Weinschelbaum. Corríamos juntos y, a menudo, hacíamos tiradas largas hasta la casa de Mito Sicorsky en San Isidro y, en una oportunidad, a la de los Burlando, en Don Torcuato. En ese entonces no era frecuente ver a gente corriendo por puro deporte. Sucedió, a veces, que, desde algún vehículo que pasaba, me gritaran: “Atorrante, andá a trabajar”. Esos fueron los años de mis frecuentes viajes a Caracas. Siempre me encontraba con los Aray y con Julio corríamos, a menudo en la Ciudad Universitaria. Julio ya no está, pero hace pocos días festejamos aquí en Buenos Aires los cincuenta años de su hijo Julito, con su madre y familia argentina y venezolana, que incluye a Yeyi Burlando, abogada de mi familia, y a su marido y querido amigo, Mauricio Acuña. A mediados de la década de 1980 me reapareció el asma que había sufrido al final de la escuela primaria y que, sumada al infarto de 1989, me alejó de la carrera. Recuperado, volví a nadar y en eso estoy desde entonces. Soy nadador de pileta, pero en Punta del Este varias veces nadé en aguas abiertas en el trayecto que va desde la Isla Gorriti a tierra firme, en Imarangatú. MR: Políticamente, en el contexto de esos primeros años setenta, ¿seguías vinculado al radicalismo? AF: Al salir del gobierno, estaba desvinculado de la UCR y la UCRI. Estaba absolutamente fuera del juego político, tratando de arreglar un poco mis cuestiones personales. No quedé vinculado políticamente a Alende pero sí de manera afectiva, conservaba la amistad, con él y su mujer, Elena. Te diría que con Alende tuve una relación de afecto que iba más allá de la política. Alende, a diferencia de otros políticos, que son fríos y calculadores, era un hombre muy afectivo. Algunos amigos me invitaron a apoyar la candidatura peronista pero no acepté, entre otras razones, por el buen consejo de Susana. Para alejarme del vértigo político de los meses previos a la elección de Cámpora, organizó un largo viaje, en auto, con nuestras tres hijas, a Chile. Era el tiempo del gobierno de Allende, me vi con viejos amigos chilenos y de la CEPAL. La situación económica era muy compleja y la “lucha de clases” generaba una tensión extrema. América del Sur estaba convulsionada por el contagio de la Guerra Fría, los movimientos armados inspirados en la revolución cubana y las respuestas cada vez más duras para mantener la “seguridad del Estado”. Era, también, la fase final de los proyectos inspirados en el desarrollismo de la CEPAL. Se afianzaba la creciente hegemonía de la financiarización de la economía mundial, que culminó, al fin de la década de 1970 y principios de la siguiente, con las reformas de los gobiernos de Reagan y Thatcher. Era la instalación de la hegemonía neoliberal, de la cual, las dictaduras, con Martínez de Hoz en la Argentina y los “‘Chicago boys” en Chile, fueron precursoras. MR: ¿Durante el gobierno de Héctor Cámpora también estuviste al margen? AF: Enseguida te cuento lo de Salto Grande, pero antes, vale la pena recordar que el proyecto del cual participé, en esa etapa del gobierno de facto, no era factible por el retorno imparable del peronismo y las divisiones dentro del Ejército. La idea de Jaguaribe, de cambiar la dirección de donde apuntan los cañones, no prosperó. Como responsable del libreto de la política económica nacional y desarrollista, formé parte de la caída de ese proyecto. Cuando Gelbard estaba armando el equipo económico, me contaron que alguien propuso que me llamaran y que el ingeniero D’Adamo dijo: “No, Ferrer es la imagen del fracaso”. MR: Una especie de castigo por haber participado del gobierno militar... AF: Creo que haber sido ministro de Levingston me evitó ser funcionario de un gobierno que fue el preludio de la catástrofe. Sin ese antecedente, dada mi relación anterior con Gelbard, es muy probable que me hubieran invitado a integrar el equipo económico. Sin embargo, pocos días después de la toma de posesión del gobierno de Cámpora, recibí un llamado de su canciller, Juan Carlos Puig, un distinguido profesor especialista en relaciones internacionales, a quien no conocía personalmente. Me convocó a una entrevista y, en el encuentro, me invitó a asumir la presidencia de la delegación argentina a la Comisión Técnica Mixta de Salto Grande. Sorprendido contesté: “Ministro, yo fui recientemente funcionario del gobierno de facto, ¿el Presidente sabe de este ofrecimiento?”. Me respondió que era una idea del Presidente, que le dijo: “Este hombre merece un reconocimiento”. No lo podía creer, volver en estas condiciones a ocuparme de un tema que había trabajado como ministro de Obras y Servicios Públicos, cuando superamos la parálisis de este emprendimiento binacional con Uruguay y lo pusimos en marcha. Lo que pasa es que el mensaje que transmití en el gobierno de Levingston trascendía la situación política del período. Como ese mensaje estaba en sintonía con la mejor tradición de las corrientes nacionales y populares del peronismo y el radicalismo, en esos espacios había simpatías con mi planteo, aunque fueran opositores al gobierno de facto. Cámpora era un ejemplo de esta situación. Los acontecimientos posteriores me impidieron conocerlo personalmente y agradecerle su gesto. Mi gestión duró el mismo tiempo que el breve mandato del presidente Cámpora. En los mismos días se casó una hija de Gelbard con una gran fiesta en el Hotel Plaza, donde estaba incluso lo más granado del establishment. Todo el mundo “iba al pie”. Susana, con buen criterio, me aconsejó no ir, pero fuimos. Cuando lo saludé, Gelbard me dijo: “Lo felicito, tiene un amigo en el Ministerio de Economía”. Terminada la presidencia de Cámpora, Gelbard cambió la conducción de la delegación argentina en Salto Grande. MR: Pero esto, ¿vendría por Gelbard o quizá por una presión desde otro lado? AF: No creo. A fines de abril o principios de mayo de 1974, los dirigentes de la CGE organizaron una cena en homenaje a Gelbard, en el restaurante del Automóvil Club Argentino, a cincuenta metros de mi casa. En la concurrencia estaba también Arturo Jauretche. Al salir, lo llevé en mi auto a su casa y en el trayecto tuve la impresión de que estaba desconcertado con la figura de Gelbard y con temor de que el país se encaminaba a la tragedia, con la violencia política, los asesinatos, la Triple A. Fue mi último encuentro con don Arturo. Falleció pocos días después, el 25 de mayo. El estado general de ánimo era de incertidumbre, con la violencia que surcaba el escenario. Pensar la economía en esas circunstancias era casi superfluo, porque era evidente que el país se encaminaba a la tragedia.    Mini bio Doctor en Historia, Marcelo Rougier es también investigador del Conicet y docente en la Universidad de Buenos Aires. Volcado en ambas tareas a la historia económica y la historia de las políticas económicas en la Argentina y América latina, publicó Industria, finanzas e instituciones: la experiencia del Banco Nacional de Desarrollo; Perón y la burguesía argentina y La economía del peronismo, entre otros títulos. Editor de H-Industri@, revista de historia de la industria, los servicios y las empresas en América latina, es responsable de la serie “Estudios sobre la industria argentina”, una reconstrucción analítica y empírica de los procesos de industrialización en el país desde 1940 en adelante. Este libro es una extensa y entretenida conversación con un hombre de múltiples actividades que ha sido pertinaz con sus ideas.

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