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IIEP en los medios


Viernes 10, agosto, 2018

Movilidad laboral: el trabajador casi siempre pierde

Movilidad laboral: el trabajador casi siempre pierde La movilidad laboral es un proceso que se da, en mayor o menor medida, en todos los países. El problema surge cuando la misma redunda en peores condiciones laborales para el trabajador o cuando, directamente, lo lleva a quedarse sin empleo. La condición primordial para que la situación tienda a mejorar es que el país ingrese en un período de crecimiento sostenido. Pero con eso solo no alcanza, también deberían implementarse diversas medidas tendientes a realizar inspecciones laborales a empresas grandes y medianas, y políticas productivas que apuntalen a las empresas pequeñas e incentivos para la formalización de los trabajadores. stas son algunas de las conclusiones a las que arribó un estudio que abarca indicadores promedio de la Argentina y de América Latina entre los años 2003 y 2015, el cual fue realizado por la docente e investigadora del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IEP) de la Facultad de Ciencias Económicas e investigadora del CONICET, Roxana Maurizio, conjuntamente con Luis Beccaria, también docente de la FCE. “Lo que hicimos fue medir cuál es la intensidad de la movilidad ocupacional de los trabajadores en la Argentina, pero en comparación con otros países de la región. Y, a su vez, comparar esta rotación con respecto a la de países desarrollados, particularmente europeos y los Estados Unidos”, explica Maurizio, para luego contar más en detalle el abordaje del trabajo: “La intensidad de la movilidad tiene que ver, primero, con la frecuencia con que se mueven los trabajadores en el mercado de trabajo. Esto quiere decir que puede salir de un trabajo para ingresar a otro. O de una ocupación para ir al desempleo o pasar a la inactividad. El segundo punto es caracterizar estas transiciones. Por ejemplo, si se da de una ocupación informal a una formal, de una ocupación formal al desempleo, del desempleo a la formalidad, etcétera. Y también nos interesó determinar cuáles son los trabajadores que tienen mayor rotación en el mercado de trabajo. Por último, quisimos saber si esta rotación que analizamos fue en algún sentido buena o mala. Es decir, si se trataba de una carrera ascendente en el mundo del trabajo, con progresos, mejores salarios y condiciones o si estábamos ante un escenario excluyente, lo cual implicaría que las persones rotaran entre la formalidad laboral, la informalidad y el desempleo”. En su trabajo, denominado La rotación laboral en América Latina, los investigadores analizaron la situación de la Argentina, Brasil, Ecuador, México, Paraguay y Perú, con datos obtenidos a través de las encuestas de hogares de los distintos países. Y, para llevar a cabo la comparación a través del tiempo, necesitó hacerlo, como mínimo, dos veces en cada uno de ellos. “En el seno de estos países hay mucha heterogeneidad, pero, en conjunto, todos muestran una inestabilidad ocupacional medida en términos de salida de una ocupación hacia otra y hacia el desempleo o a la inactividad. Ese es nuestro indicador concreto de la inestabilidad. El cual, en todos los casos, es mucho mayor que el de los países desarrollados que analizamos: Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos. Ante este escenario regional existía la posibilidad de que la mayor rotación fuera como consecuencia de un mercado más dinámico que creara más empleo, el cual podría ser de calidad. Pero, finalmente, veremos que no era así”, anticipa la docente. Más allá de las características propias de cada país, en la región hay una clara inestabilidad ocupacional que tiene que ver con la salida del trabajador de una ocupación hacia otra y/o hacia el desempleo o a la inactividad. En el contexto del análisis, Maurizio pondera la importancia de esta información a la hora de discutir políticas de flexibilización laboral en América Latina, las cuales ya se discutieron en la década del 90 y que hoy en día vuelven a ponerse en el centro de la escena. “Sobre todo en un contexto como el de nuestro continente, donde los países son de por sí más flexibles que los desarrollados, lo cual se debe, en general, a que la situación macroeconómica es más inestable en nuestra región, y esto impacta en el mercado de trabajo. Pero también se debe a las propias características de los mercados de trabajo, que son los que tienen mayor incidencia de empleo no registrado o a tiempo determinado, entre otras cuestiones. Además, hay que sumar el hecho de que existe una mayor inestabilidad macroeconómica regional que viene del exterior y que tiene su impacto en los niveles de inestabilidad ocupacional. Por ejemplo, suele suceder que, ante una crisis en un mercado sectorial, una empresa de la región termina por reducir su personal o directamente cerrar la planta”. Dentro de este conjunto de países de analizados de América Latina el estudio concluyó que hay mucha heterogeneidad en cuanto a la rotación. Por un lado, Brasil y la Argentina son los países más estables, en el otro extremo están Paraguay y Perú. Y México y Ecuador, se encuentran en una franja intermedia. “Particularmente en la Argentina, del total de sus trabajadores, casi un 30%, a lo largo de un año, tuvo movilidad laboral. En mayor medida hacia otra ocupación, aunque también lo hizo hacia el desempleo o la inactividad. Los puntos en común con otros países tienen que ver con otras cuestiones, como en quiénes son los trabajadores que mayor tasa de rotación poseen. Los más estables son los trabajadores formales, registrados en la seguridad social. Esto sucede por varias razones, la principal es que, llegado el caso, hay un costo de despido que asumir por parte del empleador. Como grupo intermedio, en esta inestabilidad, están los cuentapropistas, que son los trabajadores independientes que no tienen otros trabajadores a cargo. El sector más inestable es el de los asalariados no registrados en la seguridad social, los llamados trabajadores en negro”, desglosa la investigadora. Una vez demarcados los sectores con mayor y menor rotación laboral, el trabajo se enfocó en determinar si dicha movilidad era positiva o negativa para el trabajador, teniendo en cuenta que las salidas malas son hacia el desempleo, hacia un puesto no registrado o cuentapropista no profesional. “En general, en América Latina, las salidas son hacia destinos malos. La menor salida hacia un destino malo en la región lo tiene Brasil, con un 40% de los trabajadores que presentaron movilidad. En el caso de la Argentina, ese porcentaje es altísimo: un 70% (o sea, del 30% que sale de una ocupación la mayor parte va a un destino malo), el cual es muy parecido al resto de la región. No tanto por su paso al desempleo, sino a trabajos precarios”, adelanta la docente y luego fundamenta: “Los trabajadores que más rotación tienen son los informales y, cuando lo hacen, pasan a otro trabajo informal o hacia el desempleo. Esto se debe a que el puesto informal no tiene ningún costo de despido, además son trabajos inestables, por lo general pertenecientes a pequeñas firmas, las cuales sufren en mayor medida las inestabilidades económicas”. En la Argentina, el 70% de quienes tienen movilidad laboral lo hace hacia un destino peor. Algunos pasan a ser desempleados, pero la mayoría se ubica en trabajos precarizados. Además de ser informales, los trabajadores con mayor rotación también tienen otros puntos en común: “Hay una alta correlación entre los trabajadores informales y un menor nivel educativo. A la hora de despedir trabajadores, el empleador suele empezar por los menos calificados, porque en general desarrollan tareas menos complejas, tuvieron menor entrenamiento en su puesto y les cuesta menos dinero indemnizarlos. Como la mayoría de estos trabajadores no tienen seguro de desempleo, porque provienen del mercado informal, suelen no pasar al desempleo porque no pueden darse el ‘lujo’ de estar buscando por mucho tiempo un buen trabajo, sino que tienen que tomar el primer trabajo que encuentran, el cual suele ser otro puesto informal. Entonces se produce un círculo vicioso en el que los trabajadores tienen nulos ingresos cuando están desocupados o bajos ingresos cuando ingresan a la informalidad. Este tipo de rotación caracteriza a un amplio sector del mercado de trabajo de la región”. Como contrapartida, en el otro extremo está la rotación de trabajadores formales. “Si esta se pudiera ver mejor a lo largo del tiempo, demostraría cambios ascendentes. Aunque, por supuesto, estamos hablando de porcentajes muy bajos”, aclara Maurizio. Como una especie de contrapartida a este panorama poco alentador, la investigadora rescata que “hay que aclarar que esto es un panorama promedio de la región. Ahora, si miramos a lo largo de la década, en general se produjo un proceso de formalización laboral. Hubo un crecimiento en el porcentaje de asalariados registrados en la seguridad social en buena parte de la región, el cual fue particularmente positivo en la Argentina, Brasil, Paraguay y Ecuador. Y, en buena medida, se trata de una formalización a la que llamamos ‘in situ’, es decir que el trabajador informal fue formalizado en el mismo puesto en el que se desempeñaba en ese momento. Esto explica alrededor del 50% de la formalización que se produjo en la Argentina y Brasil. El análisis se complejiza si se tiene en cuenta el sistema de seguridad social de los países de la región, el cual tuvo avances en esos años, con esquemas de transferencias hacia los niños y los adultos mayores, y más políticas de empleo”. Pero como contrapartida agrega: “Lo que pasa es que se trata de un sistema que suele ser poco desarrollado, que no cubre a la totalidad de la población y que no brinda un sostén de ingreso cuando se transita el desempleo o la inactividad”. A modo de conclusión, la docente sostiene: “No hay un solo factor que pueda explicar este proceso de formalización laboral en estos años estudiados, sino más bien una combinación exitosa de, al menos, tres pilares. Uno es el crecimiento económico sostenido, quizás como condición necesaria, porque un empleador que contrata un trabajador de manera formal lo hace porque cree que va a ser un contrato a largo plazo. Otro pilar son las políticas específicas, como la inspección laboral, sobre todo en empresas medianas y grandes. Y, por último, ciertos incentivos para la formalización”. Pero como en materia económica todo tiene su salvedad, en esta oportunidad no hay excepciones: “Solo con el crecimiento económico no alcanza. Y como ejemplo tenemos a los años 90, donde hubo un proceso económico alto, del 8 al 9%, pero con aumento de la informalización laboral. Así como tampoco alcanza con las inspecciones laborales, mucho menos en las empresas pequeñas, en las cuales está el 60% de la informalización laboral, pero donde la solución pasa, primero, por una cuestión de políticas productivas, y luego por el control”, finaliza Maurizio.

Martes 10, abril, 2018

Una metodología alternativa para medir la pobreza

Una metodología alternativa para medir la pobreza La medición de la pobreza en la Argentina se delimita a partir de una línea, debajo de la cual se encuentran aquellas personas que no logran cubrir un presupuesto para comprar la denominada Canasta Básica Total. Esta división tajante carece de matices, los cuales podrían colaborar para una mejor asignación de las políticas públicas. En función de esta problemática es que la docente e investigadora de la Facultad de Económicas, María José Fernández, propone una nueva medición de estos índices mediante la aplicación de los conjuntos borrosos. Según esta teoría ya no existen solo zonas blancas y negras, sino también zonas grises y muy interesantes para analizar. Para explicar mejor esta metodología, la investigadora afirma: “En particular, decidí trabajar con la teoría de los conjuntos borrosos porque es una rama de las matemáticas que tiene mucha aplicabilidad en la economía y en las ciencias sociales en general. Esta teoría rompe la dicotomía de que algo pertenece o no pertenece a un conjunto, permite sacar el blanco o negro de las matemáticas tradicionales y trabajar u operar con grises. Como la pobreza, en muchos casos, es un fenómeno bastante gris decidimos implementarla para permitir la inclusión de los matices en los modelos que la miden. Si bien cuando hablamos de pobreza todos estamos de acuerdo con que hay algún tipo de carencia, los límites de esas carencias, muchas veces suelen ser demasiado subjetivos o caprichosos. Con las mediciones tradicionales, los datos van hacia un lado o el otro de una línea que delimita la pobreza o la indigencia. Lo que sostenemos es que se puede vislumbrar una zona mucho más difusa y menos determinante, que se ajusta mucho más a la situación de vida o el bienestar de la población”. Según esta teoría ya no existen solo zonas blancas y negras, sino también zonas grises y muy interesantes para analizar. Una vez que la realización de esta franja menos determinante se hubiera concretado, debería empezar a hablarse de intensidad o grados de pobreza. “A la hora de implementar políticas públicas, el Estado en algún momento tendrá que decidir si le importan las personas que aparecen como extremadamente pobres, las muy pobres o las más o menos pobres. Pero esa decisión, en todo caso, se tendrá que tomar a lo último, e incluso permite volver marcha atrás más fácilmente, en caso de que se necesiten rever ciertas medidas. En cambio, con la implementación de los modelos tradicionales, esta decisión se toma al principio”, sostiene Fernández, docente del Departamento de Matemática e Investigadora del IIEP-Baires. Precios también borrosos Además de su uso para medir la pobreza, María José Fernández también utiliza la teoría de los conjuntos borrosos para cuestiones tales como fijar precios de bienes, a partir de los cuales calcular las canastas básicas. Así lo explica la profesora: “El modelo trabaja con precios máximos, precios mínimos y precios más posibles. En cambio, en la actualidad se trabaja con un precio promedio de, por ejemplo, el kilo de determinado corte de carne. Y, a lo mejor, muchas personas no encuentran ese precio, a veces consiguen un precio más caro y otras, más barato. Por eso hay que sacar esa línea nítida, típica de los modelos matemáticos clásicos e incorporar estos borrosos. Como en el caso anterior, después se decide si se va a usar un intervalo de precios, un precio único o una gradualidad de precios. También propongo incluir y tener en cuenta otros aspectos, como las economías de escalas dentro del hogar. Es decir, no consigue los mismos precios una persona que vive sola, que un grupo o conjunto de grupos familiares que se reúnen para hacer compras al por mayor”. María José Fernández también utiliza la teoría de los conjuntos borrosos para cuestiones tales como fijar precios de bienes, a partir de los cuales calcular las canastas básicas Otra de las debilidades del sistema de medición actual es que la canasta básica establece, en forma exacta, la cantidad de determinados productos, ya que la premisa es que, con esas cantidades, se cubren las necesidades kilocalóricas para mantener la funcionalidad biológica de un individuo. “Pero no siempre esas cantidades tienen que ser tan exactas para mantener esa funcionalidad. A veces hace falta subirles la cantidad a unas personas e incluso se les puede bajar a otras, para ajustarlas mejor al funcionamiento de cada uno en particular”, detalla Fernández. Y, para dar cuenta de la falta de precisión de los números vigentes, explica con ejemplos, respecto a otros métodos: “Actualmente, en el sistema de las necesidades básicas insatisfechas, se determina que, si hay más de tres personas por cuarto, se lo considera un hogar hacinado, pero al método le da lo mismo si son cuatro o quince las personas que viven ahí. Algo similar sucede cuando se habla del jefe de hogar. El método con el que se lo cataloga establece dos posibilidades, que tenga aprobado tercer grado o que no lo tenga aprobado. Y, dentro de las personas con poca capacitación escolar, no es indistinto que no haya aprobado tercer grado o que sea analfabeto. O, que haya aprobado tercer grado, pero que también tenga un título secundario. Usando estos modelos flexibles, se les da mayor o menor intensidad a este tipo de variables que hoy son tan rígidas”. Equidad sobre igualdad “Lo importante es que estos cambios que propongo se podrían aplicar hoy mismo, porque no hace falta realizar nuevas encuestas o toma de datos. Con la información que hoy está disponible se podrían hacer los nuevos cálculos con una fórmula distinta, para así lograr mayor gradualidad de información”, sostiene con énfasis la profesora, quien ya realizó su investigación con un grupo de hogares de la provincia de San Luis. “Lo que hice en su momento, fue clasificar a los hogares utilizando la teoría de afinidad, que los agrupa por características comunes y, al identificar los sectores de carencias de cada hogar, logré establecer grupos de necesidad de políticas públicas, como pueden ser educativas, sanitarias, de vivienda, etc. Por eso el modelo es multidimensional, porque tiene en cuenta las líneas de pobreza, que son coyunturales, y las necesidades básicas insatisfechas, que son las estructurales”, explica. Por último, cuenta de qué manera podría modificarse la canasta básica de para que el mapeo de los datos fuera más claro: “Hoy, la canasta básica total para una familia de 2 adultos y 2 menores está por encima de los $16.000, calculadas desde la base del adulto equivalente, de 39 a 59 años, al que se le asignan 2.700 kg/cal diarias. A partir de ahí hay tablas estipuladas en las que se suben o se bajan la cantidad de calorías en función de los integrantes del hogar y el género de los mismos. En una canasta ‘borrosa’ no se tienen preestablecidos ni una cantidad única ni un único precio. Puede ser de $14.000, de $16.000 o de $18.000, porque lo usual es trabajar con números borrosos, por lo que se obtienen varios valores y no uno solo. Así como tampoco le otorgo 2.700 kg/cal diarias al adulto equivalente, sino que pueden ir entre 2.500 y 2.900 kg/cal por día, donde el más posible es 2.700 kg/cal. Con esto quiero decir que, si determinado hombre consume 2.500 kg/cal diarias, quizá también tenga asegurada su funcionalidad biológica. Por eso aporta conocimiento la posibilidad de trabajar con valores mínimos, máximos y más posibles, que permiten establecer números borrosos y trabajar con ellos”.