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IIEP en los medios


Viernes 26, abril, 2019

Economía Argentina: "Cada vez que queremos crecer tenemos que pedir prestado"

  Daniel Heymann se ha ha dedicado al estudio de la inflación y los procesos de devaluación en Argentina. Cree que no hay salida para la espiral de precios si no se ejecutan un conjunto de políticas coordinadas. "Lo que se necesita es que haya un movimiento acompasado y común hacia la tasa de inflación más baja, acompañada por la política macroeconómica: política monetaria, política fiscal, política cambiaria", dice Daniel Heymann en esta entrevista con France 24 en Español. El economista, profesor de macroeconomía de la Universidad de Buenos Aires, habla de la historia, las causas y las posibles formas de controlar el desbocado incremento de precios en Argentina, que en marzo alcanzó el 54,7% interanual, con un impacto especial sobre productos básicos como los alimentos, servicios públicos y transporte.   France 24: Argentina tiene una tradición inflacionaria con la que parece no poder romper, ¿cuál es su explicación para la historia inflacionaria en Argentina? ¿Cuáles serían sus principales factores y por qué no se puede controlar? Daniel Heymann: Cuando uno habla de inflación tiene explicaciones que van desde causas últimas que tienen que ver con puja distributiva, con visiones sociales, etc., a preguntas muy concretas sobre la determinación del precio mes a mes. Si hablamos de lo primero, Argentina ha tenido enormes altibajos en la tasa de inflación, no es una cosa de inflación persistente, permanente. A su modo, la inflación prácticamente desapareció en la época de la convertibilidad (1991-2002, que determinaba que un peso equivalía a un dólar), de una manera que era frágil, pero se hizo. A la salida de la crisis de la convertibilidad hubo un período de recuperación muy intensa con inflación relativamente baja para lo que es Argentina. Hacia el 2005 había una inflación del 10% al año, lo cual se compara muy favorablemente a lo que vemos hoy. Y luego no; luego, efectivamente, junto con este fenómeno extraño del toqueteo de los índices de precios (durante el gobierno de Cristina Fernández se dejó de informar el índice de inflación de forma confiable) se dio una aceleración inflacionaria. Quiere decir que hace más o menos diez años estamos conviviendo con una inflación del orden o por arriba de 20% anual, con saltos inflacionarios en períodos de devaluación. Un fenómeno que Argentina trae de su pasado inflacionario es la intensidad del traspaso del tipo de cambio a los precios, la vinculación fuerte entre tipo de cambio (precio del dólar) y precios, que no se da en otras economías. O sea que las devaluaciones del tipo de cambio en Argentina tienden a ser fuertemente inflacionarias, con caída del salario real y caída del nivel de actividad. Eso es un fenómeno que se ha dado varias veces últimamente: en el 2014, en el 2016 y ahora en el 2018-2019. France 24: ¿Y por qué Argentina no puede controlar ese traslado? D.H.: Primero, controlar la inflación no es una cosa misteriosa. Una gran cantidad de países lo han hecho. Pero para estabilizar, para desinflar, en todo caso, hacen falta condiciones de partida que Argentina no ha tenido. Para una inflación como la Argentina, y en general, pero especialmente para una inflación como la Argentina, es muy difícil imaginar un proceso de reducción de la inflación si al mismo tiempo se busca aumentar la competitividad de la economía con el tipo de cambio, o cuando se fuerza un aumento del tipo de cambio, por ejemplo, porque desaparece el crédito internacional, como pasó el año pasado. Los aumentos del tipo de cambio real van típicamente asociados con aumentos de la inflación. ...teniendo que mover estos precios centrales de la economía hacia arriba, es natural que se acelere la inflación"   Desde el punto de vista fiscal, que es otra precondición importante, uno de los mecanismos de ajuste fiscal es el aumento de las tarifas del sector público: aumento de electricidad, gas, etc., que venían con niveles muy bajos hace unos años, altamente subsidiados, lo cual generaba presión fiscal. Pero si aumentan las tarifas típicamente aumenta la inflación. Así que teniendo que mover estos precios centrales de la economía, que son el tipo de cambio y las tarifas de servicios públicos, hacia arriba, es natural que se acelere la inflación. Y eso nos ha pasado ya en varios episodios en los últimos años. Y luego está el tema de coordinación de expectativas. Porque una cosa es aplicar una política y otra cosa es que los precios, la tasa de inflación, cedan fácilmente sin costos en términos de nivel de actividad e, incluso, de atraso de ciertas variables como el tipo de cambio. France 24: Hubo un período en el que las tarifas estaban congeladas para los consumidores, subsidiadas (en el gobierno de Cristina Fernández), y sin embargo la inflación seguía... D.H.: Si usted congela las tarifas no con eso solamente va a bajar la inflación. Para que la inflación baje tiene que haber una acompasada reducción de las tasas de variación del conjunto de los precios de la economía. No es una cosa mágica, algunos países han conseguido hacerlo, pero lo que se necesita es que haya un movimiento acompasado y común hacia la tasa de inflación más baja, acompañada por la política macroeconómica: política monetaria, política fiscal, política cambiaria. Con un solo precio no alcanza. France 24: ¿Las estrategias, las políticas que se están implementando ahora, sirven? D.H.: Creo que es una utopía pensar en hacer política de desinflación sin política monetaria. Por otro lado, en una economía como la argentina hacer política contra la inflación a pura política monetaria le falta el hecho de que uno necesita que el conjunto de precios de la economía se mueva en la misma dirección. La política monetaria puede reducir la demanda agregada (bienes y servicios totales que una economía está dispuesta a adquirir a ciertos precios), pero una reducción de la demanda eventualmente, si tiene efectos sobre el nivel de precios, es indirecto y no proporcional en lo inmediato. Si no se pone freno a un salto potencial del tipo de cambio, la desestabilización de precios puede ser muy intensa"   La política del Banco Central (de bandas de intervención en las que compra o vende divisas, para controlar el precio del dólar) más que una política antinflacionaria es una política para prevenir, para tratar de prevenir un salto del tipo de cambio. Difícilmente se podría esperar que tenga pretensiones fuertes sobre la tasa de inflación. Por otro lado, si no se pone freno a un salto potencial del tipo de cambio, la desestabilización de precios puede ser muy intensa también. France 24: ¿Y respecto a las últimas medidas de congelamiento de ciertos precios? D.H.: Cuando se presentaron las medidas se habló de "medidas de alivio". Yo creo que en todo caso hay que interpretarlo de esa manera. No es un programa antiinflacionario. France 24: ¿Y en el mediano o largo plazo, este tipo de medidas suele tener un efecto positivo o puede ser contraproducente? D.H.: Son (poco más de) 60 productos. Honestamente no le veo una implicancia macroeconómica. Es que uno de los problemas argentinos es que vivimos, especialmente desde el punto de vista del tipo de cambio, atrapados entre el temor a que el tipo de cambio se dispare, porque eso tiene impacto además sobre el nivel de actividad, sobre el salario real, sobre las tasas mismas de inflación, y el atraso cambiario. Y el atraso cambiario (un peso que vale demasiado respecto del dólar) se paga pronto en Argentina, porque el financiamiento externo está cortado y, entonces, cuando se atrasa el tipo de cambio, en algún momento vuelven las presiones sobre el tipo de cambio. Esa es una situación de frazada (manta) muy corta. Pero en el momento en el cual más o menos podamos haber alcanzado un equilibrio de precios relativos, un tipo de cambio real que nos permita un salario real más o menos decente, con una mejora de la competitividad de las exportaciones, que es otra cuestión esencial, a partir de ahí, y con las tarifas más o menos acomodadas, yo creo que ahí se puede empezar a pensar en un programa antiinflacionario en serio. Este año va a ser un poco mejor que en los últimos períodos, en parte por una cuestión climática"   Pero hay una etapa de ajuste de precios relativos que no se puede obviar. Es una cuestión de ver cómo evolucionan las exportaciones. Desde ese punto de vista una de las variables clave está implícitamente en el comportamiento de las exportaciones. Este año va a ser un poco mejor que en los últimos períodos, en parte por una cuestión climática, por la cosecha (el ingreso de dólares depende esencialmente de la exportación; en Argentina las ventas al exterior están liderada por los granos, que en 2018 sufrieron una caída por una fuerte sequía). Hay que ver si aparecen algunos atisbos de dinamismo que nos muestren que el tipo de cambio puede a mediano plazo tener un nivel de resistencia donde está, en el sentido de que con esos precios relativos la economía es capaz de generar divisas como para sostener su nivel de gasto en dólares. France 24: ¿Cuándo fue la última vez que Argentina hizo eso? D.H.: En la salida de la crisis (de 2001-2002). Ayudada muy fuertemente por los precios internacionales, pero a la salida de la crisis, entre el 2003 y el 2007 esas condiciones estaban. Después se dejó, se permitió, probablemente por interés de profundizar la demanda interna, una incorporación de la inflación de nuevo en los comportamientos de la gente. El tipo de cambio era altísimo a la salida de la crisis, a un costo social importante, en desempleo y salario real. Ahora, hasta el 2007, 2008 ese tipo de cambio había caído y claramente el salario real y el nivel de precios internos tenía que subir en términos de dólares, no podía ser tan barata la Argentina. Durante los primeros cinco años, más o menos, se estaba en un nivel que permitía una evolución del comercio exterior muy positiva. Hubo superávit mellizos: superávit fiscal (el Estado recauda más dinero del que gasta) y superávit externo (el país exporta más de lo que importa). Eso se fue deteriorando a lo largo del tiempo, al punto que si usted miraba el tipo de cambio 2015 o el tipo de cambio 2017 y principios de 2018 no estaba muy lejos del tipo de cambio real de la época de la convertibilidad, un tipo de cambio realmente bajo. Entonces pasamos del muy alto al muy bajo y, de la misma manera, del superávit comercial y el superávit de cuenta corriente, el exceso de generación de dólares respecto del gasto en dólares, pasamos al déficit creciente. En 2017 pedimos prestado del exterior US$28-30.000 millones. France 24: ¿Pedir prestado era inevitable? D.H.: En primer lugar no es inevitable y en segundo lugar, tiene patas cortas para la Argentina. France 24: ¿Qué opción había además de ir al Fondo Monetario Internacional? D.H.: Uno podía eventualmente pensar hacia fines de 2007, principios de 2008, que no era posible indefinidamente seguir con ese proceso. Pero, entre paréntesis, durante el gobierno anterior se liquidaron reservas (de dólares), o sea que también hubo implícitamente reducción de activos externos. Ese proceso viene de 2011, más o menos y atraviesa los dos gobiernos (el de Cristina Fernández y el del actual presidente Mauricio Macri). Seguro que no se podía seguir indefinidamente, pero el mazazo fue brutal, porque el corte de financiamiento fue una parada súbita. Sin un apoyo financiero (...) hubiera sido un trauma realmente mucho mayor incluso de lo que fue"   Y ahí el tipo de cambio sostenible era obviamente más alto y pasó lo que pasó: pegó el salto y se dio el fenómeno tradicional, aumentó la inflación. Hoy estamos en ese punto, el tipo de cambio real sostenible es más alto que en 2017, principios de 2018, no cabe duda, porque no hay financiamiento. El Fondo era una alternativa de última instancia, tiene sus problemáticas de condicionalidades difíciles. Pero bueno, también es cierto que sin un apoyo financiero, el pasar de endeudamiento de US$30.000 millones a nada, por exagerar un poco la cosa, hubiera sido un trauma realmente mucho mayor incluso de lo que fue. No se me ocurren alternativas muy brillantes, aceptando los problemas que eso trae. Viene lleno de condicionalidades difíciles, con un interlocutor que tiene márgenes de flexibilidad estrechos. Pero, de nuevo, en ese momento el corte del crédito fue brutal. France 24: ¿El problema es económico o político? D.H.: Por supuesto que hay temas políticos. Argentina es un país en el que el conflicto distributivo es una especie de tradición nacional. De eso se hablaba en los años 50 y en los años 60. No es novedad, pero es claro que eso se da. Conflicto distributivo de precios y salarios y fiscal, está todo el mundo pidiéndole al sector público, y en muchos casos es perfectamente legítimo, tenemos una pobreza enorme, una pobreza que la sociedad incluso se resiste a aceptar, y eso está muy bien. Pero eso tiene implicancias fiscales. Creo que hay problemas, temas, intrínsecamente económicos. Déjeme que le de un numerito, nomás: si usted toma el volumen de exportaciones del año pasado o del anteaño, solo volumen, descontando efecto precio, es más bajo que en el 2005. No por mucho, pero es algo inferior al de 2005, 14 años atrás. Mientras tanto, las importaciones crecieron. Entonces tenemos un problema crónico: cada vez que queremos crecer tenemos que pedir prestado (porque no entran suficientes divisas a la economía). Por eso estabilizar con necesidad de devaluar es muy difícil en Argentina. Para estabilizar uno necesita esos precios relativos y, particularmente, el tipo de cambio en una situación sostenible. France 24: ¿Alcanza con los sectores exportadores actuales, como el agro, expandiéndose, o tiene que haber nuevos? D.H.: Primero hay que empezar por lo que hay. Estamos hablando no ya de un horizonte de diez años sino de un horizonte de un par de años. En un horizonte de diez años estamos de acuerdo en que la Argentina tiene que hacer un esfuerzo por diversificar, profundizar, tecnificar, aumentar la productividad. Pero eso primero exige salir del pozo. France 24: ¿Existe la posibilidad de tener una economía, una sociedad sostenible y con un relativo bienestar manteniendo una inflación alta? D.H.: Yo creo que los costos de la inflación son profundos. La desinflación es una cosa importante pero vale la pena pensarla como una operación conjunta de política económica, no poner a la inflación como el único objetivo, que fue lo que trató de hacer el Banco Central en 2006-2007, que trató de hacer las metas de inflación. La verdad es que tampoco dio resultado. Tiene que haber un movimiento acompasado fiscal, monetario y de precios, los precios en conjunto. Para crecer en serio yo creo que la inflación tiene que ceder, pero le diría que no veo una desinflación completa y persistente a corto plazo, ni siquiera a un par de años de plazo. Lo que sí espero que haya, si se dan las condiciones, es un proceso sostenido de baja de la inflación.

Lunes 18, marzo, 2019

A casi dos décadas del default, algunas experiencias a tener en cuenta

A casi dos décadas del default, algunas experiencias a tener en cuenta POR JUAN MANUEL REPETTO  El default del 2001 fue el final de un experimento económico que comenzó a principios de la década de 1990 y que resultó ser un fracaso. A casi dos décadas de ese evento, Martín Guzman, profesor de Macroeconomía de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, quién co-dirige junto a Joseph Stiglitz el Grupo de Investigaciones sobre Reestructuración de Deuda y Quiebras Soberanas de la Initiative for Policy Dialogue de Columbia University, EE.UU., realizó un informe donde analiza los procesos de resolución de la deuda pública argentina, desde la cesación de pagos hasta el acuerdo con los fondos buitres en 2016. “La forma en que evolucionó y se resolvió esa saga deja enseñanzas profundas en cuanto al funcionamiento de los mercados de deuda soberana”, dijo en una entrevista brindada al sitio de divulgación de Económicas de la UBA, Saldo a Favor. “Si hay una lección que deberíamos haber aprendido es que al integrarse financieramente al mundo hay que tener en cuenta cómo funciona ese mundo, y cómo distintos tipos de integraciones pueden afectar a las perspectivas de desarrollo de una nación como la nuestra. Apenas arreglamos con los buitres, el país volvió a emitir deuda bajo la ley de Nueva York, o sea, bajo los mismos marcos escritos por y para buitres que tantos problemas nos trajeron. Si el país volviese a caer en una situación de deuda insostenible, algo que es cada vez más probable, va a tener que resolver sus problemas otra vez dentro de esos marcos”, lamentó. El paper fue recientemente publicado en una versión en español por la Revista de Economía Política de Buenos Aires, del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires (IIEP) de la UBA y el CONICET. Originalmente fue difundido en inglés por el Centre for International Governance Innovation de Canadá.   JMR: ¿Puede haber vida después de una crisis de deuda? MG: Puede, pero para que un país que sufre una crisis como la de Argentina pueda recuperarse, es condición necesaria lograr una reestructuración que haga que la deuda deje de ser una carga insostenible desestabilizante. Argentina lo logró. Grecia no pudo lograr eso en toda la década pasada, y su economía lo ha sufrido. Lo mismo que a Grecia le viene ocurriendo a Puerto Rico. JMR:¿Por qué considera que es oportuno investigar este tema en la actualidad? MG: La resolución del default de la deuda argentina en 2001 es un caso que ha atraído una enorme atención a nivel internacional por un número de razones. En primer lugar, el caso mostró lo difícil que puede llegar a resultar finalizar un proceso de reestructuración de deuda soberana en el contexto de la arquitectura financiera internacional actual. No existe un marco internacional para las reestructuraciones de deuda soberana, por lo que los deudores que se encuentran con una carga de deuda insostenible no tienen otra alternativa que negociar, sin un marco legal adecuado de trasfondo, con miles de bonistas que a menudo tienen incentivos a no cooperar para poder alcanzar un acuerdo que saque al deudor de la situación asfixiante en la que se encuentra. Los resultados son pobres. Las reestructuraciones de deuda soberana generalmente tardan demasiado en empezarse, cuando se hacen resultan en un alivio insuficiente para el deudor, que sigue atrapado muchas veces en una situación macroeconómica crítica, y a todo esto se le suma el problema de los fondos buitres, que aprovechan la situación de desgracia para obtener enormes beneficios a costas del deudor y de los acreedores de buena fe. Argentina jugó distinto a como lo hace la gran mayoría de los soberanos en crisis. Jugó fuerte, obtuvo una quita que sí le dio el alivio que necesitaba para poder implementar políticas macroeconómicas expansivas en un contexto en que aquello era lo necesario para recuperarse, pero enfrentó una disputa judicial de una magnitud y complejidad sin precedentes, con epicentro en los juzgados de Nueva York, que llevó a que se tardase 15 años en poder reestructurar la deuda en default. JMR: ¿Por qué se llegó al default en 2001?  MG: El default del 2001 fue el final de un experimento económico, que comenzó a principios de la década de 1990, que resultó ser un fracaso. La expectativa dominante en los mercados a principios de los 90 era que las reformas emprendidas por el gobierno de Menem generarían un crecimiento significativo en la productividad. En 1998, el presidente de Argentina, Carlos Menem, fue invitado a participar de la conferencia anual del FMI para hablar del milagro de la Argentina: Argentina se había convertido en el caso modelo del FMI. Lo que terminó sucediendo fue que el país no se tornó más rico. La liberalización comercial llevó a la exclusión del mercado laboral de buena parte de la fuerza laboral menos calificada, la cual no pudo ser absorbida por el sector con la ventaja comparativa estática (el sector agropecuario), en un contexto de creciente desindustrialización. Hubo un gran aumento del desempleo y de la informalidad laboral. La liberalización financiera terminó aumentando la inestabilidad financiera en lugar de generar ganancias de eficiencia. En términos generales, los aumentos en productividad que sostendrían los mayores niveles de consumo mientras que al mismo tiempo otorgarían los recursos para pagar la totalidad de la deuda no se materializaron. En 1998 comenzó una recesión. En 1999, un nuevo gobierno fue elegido, pero la estrategia económica se mantuvo igual. En un régimen que impedía ejecutar una política monetaria expansiva y en un contexto de crecientes dudas acerca de la sostenibilidad de la deuda del sector público, el gobierno se involucró en experimentos de austeridad fiscal, bajo la presión del FMI. La recesión empeoró y se convirtió en una depresión, que terminó con el conocido default, un corralito bancario, el abandono de la Convertibilidad junto a la devaluación del peso, y niveles récord de desempleo y pobreza. JMR: ¿Cómo fue el momento posterior al default? ¿Qué medidas posibilitaron la recuperación? ¿Cómo contribuyó el contexto externo? MG: Hay tres elementos que jugaron un rol central en la espectacular recuperación que experimentó Argentina luego del default de 2001. Primero, el default y posterior reestructuración de la deuda le permitieron al país poder escapar de una dinámica recesiva y desestabilizante de política fiscal contractiva en tiempos de crisis, que había sido una característica del gobierno de Fernando de la Rúa. Segundo, los precios relativos post-crisis le permitieron al sector industrial poder empezar a recuperarse. Tercero, las condiciones externas fueron favorables. Esta combinación de factores condujo al país a un círculo virtuoso de creación de empleo y aumento de los ingresos. El desempleo cayó desde el 21,5% en el año del default al 7,9% en el 2008. El PIB real creció por encima del 8% por año en promedio desde el 2003 hasta el 2008.  JMR: ¿Qué características particulares tuvo la reestructuración argentina respecto de la que llevaron adelante otros países de la región y del mundo? MG: El caso argentino fue excepcional en algunos sentidos. Primero, a diferencia de lo que es usual en las situaciones de reestructuración de deuda, el gobierno tomó una postura firme en cuanto a obtener una quita lo suficientemente grande como para no tener que estar atado a lograr superávits fiscales primarios que entorpeciesen las posibilidades de recuperación. Cuando mirás lo que pasa en el mundo de las reestructuraciones de deuda, ves generalmente lo contrario. La evidencia muestra que en promedio desde 1970 los soberanos que reestructuran sus deudas terminan con una carga de deuda mayor cuando salen de la situación de default que cuando ingresan en ella. Además, más de la mitad de las reestructuraciones son seguidas por otro default u otra reestructuración dentro de tan solo cinco años, lo que habla de la insuficiencia del alivio que generalmente se obtiene. Claro que en tales casos lo que usualmente termina ocurriendo es un alargamiento de situaciones de recesión, con más desempleo y más pobreza. Argentina no cayó en eso. El caso también enfrentó la circunstancia excepcional de que por más de una década el país tuvo los recursos económicos y políticos para pelear contra los fondos buitres, en un contexto económico en el cual el valor de acceder a los mercados internacionales de crédito fue bajo durante muchos años. La mayoría de los países deudores en emergencia económica no pueden dar esa batalla. JMR: ¿Cuáles fueron las estrategias que implementó el Gobierno argentino para pagar a deuda? ¿Cómo se pueden juzgar hoy esas estrategias? ¿Estaba previsto lo que sucedió luego con los fondos buitres? MG: La reestructuración incluyó un grupo de cláusulas y disposiciones que pretendían evitar el comportamiento de tipo holdout. Dos cláusulas que se volvieron particularmente importantes en la disputa legal con los buitres la RUFO, que establecía si el país hacía una oferta superior voluntaria a bonistas holdout antes de fines del 2014, debía equipararles la oferta a los tenedores de bonos reestructurados, y la llamada pari passu, que se suponía que era una cláusula que debía garantizar un tratamiento equitativo entre acreedores. En noviembre de 2012, el juez Griesa falló a favor de los buitres y en contra de Argentina interpretando la cláusula pari passu de una forma por demás peculiar. Básicamente interpretó que trato equitativo significaba que, mientras los tenedores de bonos de canje recibirían una fracción de aproximadamente un tercio de dólar sobre los bonos originales defaulteados, los fondos buitres recibirían un dólar entero, más intereses que incluían la tasa compensatoria, por los bonos adquiridos a una fracción que, en la mayoría de los casos, era menor a 30 centavos de dólar. Más allá del fallo, que desde el punto de vista económico constituyó un absurdo que generó un intenso debate a nivel internacional, el costo directo de pagarle a los buitres lo que habían obtenido en las cortes de Estados Unidos no era tan alto. El problema principal era que la RUFO hacía que cumplir con el fallo del juez Griesa fuese una apuesta con un costo potencial altísimo, pues podía deshacer enteramente la reestructuración de la deuda, y ahí sí que el país hubiese entrado en un default posiblemente muy costoso. De modo que el cumplimiento del fallo de Griesa era política y económicamente inviable hasta el vencimiento de la cláusula RUFO el 31 de diciembre de 2014. JMR: ¿Cómo fue la actuación de la Argentina ante el fallo de EE.UU. por los fondos buitres y otros tenedores de bonos? MG: El aspecto más importante del fallo del juez Griesa fue una medida cautelar que bloqueaba los pagos programados de Argentina a los tenedores de bonos de canje hasta que el país le pagara a los fondos buitres en su totalidad. Argentina apeló, pero el Tribunal de Segunda Instancia mantuvo las medidas cautelares pari passu de Griesa, y luego la Corte Suprema de Estados Unidos rechazó la revisión del caso. La medida cautelar tuvo un alcance notable. Le prohibió a Argentina usar sus recursos para pagarle a los tenedores de bonos de canje en cualquier parte del mundo, impidiendo que el país cumpliera con sus obligaciones con la mayoría de sus acreedores, para aumentar el costo por no obedecer lo que los tribunales de EE.UU. consideraban eran las obligaciones del país para con una minoría de tenedores de bonos que habían comprado deuda incumplida. Y la medida excedía el territorio de EE.UU.: bloqueaba los pagos de Argentina de su deuda externa no sólo según las leyes de Nueva York, sino también bajo otras leyes extranjeras, y hasta bajo las leyes de Argentina. El fallo también implicaba que cualquier intermediario financiero que ayudara a Argentina podría estar en desacato ante los tribunales de EE.UU., aún si esto sucedía fuera de las fronteras de EE.UU. La respuesta argentina fue la de sancionar una nueva ley (la “Ley de Pago Soberano”) que permitía a los tenedores de bonos de deuda reestructurada intercambiar sus bonos por otros bonos con términos similares pero emitidos de conformidad con la ley argentina. La ley también permitía realizar pagos de la deuda a través del Banco de la Nación Argentina, reemplazando al fiduciario original, el “Bank of New York Mellon”. El juez Griesa consideró que la Argentina estaba en desacato ante el tribunal por esta acción. Y los bonistas reestructurados prefirieron esperar a cambiar sus bonos bajo ley extranjera por otros bajo ley argentina para poder cobrar. JMR: ¿El incumplimiento de los pagos de 2014 se consideró un nuevo default? MG: Fue una situación tan atípica que hubo que buscarle un nombre. El tema fue que el gobierno argentino tenía la capacidad y la voluntad de pagar, por lo que ese hecho no es lo que usualmente llamamos un default. De hecho, a pesar del bloqueo de Griesa, decidió enviar el dinero al agente fiduciario, el Bank of New York Mellon, que debía transferirlo como pago de intereses de deuda a los acreedores. Pero el fiduciario no lo transfirió para evitar incurrir en desacato con los tribunales de EE.UU. Junto a Joseph Stiglitz decidimos que era más apropiado llamarlo “Griesafault”, y fue con ese nombre que titulamos un artículo que describía el evento, publicado por entonces en el portal Project Syndicate.  JMR: ¿Cómo influyeron las elecciones presidenciales argentinas de 2015 en este conflicto? MG: Vencida la RUFO, ya tenía sentido buscar un acuerdo con los buitres. Pero por entonces las posiciones de los dos partidos con chances de ganar las elecciones eran marcadamente opuestas. Por una parte, la disputa con los fondos buitre se había convertido en una bandera política para el gobierno de turno. Recordemos que el gobierno había estado usando el eslogan “Patria o Buitres”. Por otra parte, la posición que había tomado el partido que luego se convertiría en gobierno, Cambiemos, era amigable hacia los buitres. De modo que la disputa de los fondos buitres no fue una política de estado. Esto hizo que fuese muy difícil que se llegara a un acuerdo a unos pocos meses de las elecciones presidenciales. Ni el gobierno ni los litigantes lo encontraban conveniente. Para los litigantes, el valor de la opción de esperar era grande.  JMR: ¿Cómo reaccionó la comunidad global ante la disputa de Argentina con los fondos buitres? MG: Notemos primero que el retorno del comportamiento buitre fue exorbitante. Por ejemplo, el retorno estimado del buitre que lideró la demanda, NML Capital, fue aproximadamente 1270 por ciento. Que el comportamiento buitre se haya vuelto tan rentable genera un problema para el funcionamiento de los mercados de deuda internacional, pues hace que haya más incentivos a no llegar a un acuerdo de reestructuración en situaciones insostenibles. Es lo que los economistas llamamos un problema de “riesgo moral”. En el caso argentino ni siquiera fue necesario ser un demandante, pues alcanzó con mantenerse fuera de la reestructuración, esperar a que los fondos buitre demanden, y luego pedir un tratamiento similar. El problema es que cuando esto pasa se torna imposible poder finalizar los procesos de reestructuración aun cuando son necesarios. La comunidad internacional reaccionó masivamente en rechazo a la victoria buitre y se pusieron sobre la mesa un conjunto de propuestas de reformas, algunas de las cuales han avanzado. La comunidad financiera ha sugerido nuevo lenguaje para las emisiones de bonos de soberanos que incluyen cláusulas de acción colectiva más robustas que las que se venían implementando, y también ha sugerido una aclaración de la cláusula pari passu que difiere de la interpretación que le dio el juez Griesa. Estas reformas van a ayudar pero no van a ser suficientes para resolver las deficiencias que se vienen observando en los procesos de reestructuración de deuda. Más generalmente el caso de Argentina desnudó los peligros de dejar la resolución de disputas legales que surgen en un proceso de reestructuración de deuda soberana en manos de jueces que no entienden ni los objetivos y las complejidades de una reestructuración de deuda soberana, ni los principios sobre los cuales se debería basar un proceso de reestructuración. A fin de corregir los marcos deficientes actuales, resulta imprescindible construir una alternativa basada en principios razonables, acorde con los objetivos más amplios de reestructuración de deuda, que orienten a los tribunales y capaciten a sus miembros sobre cómo lidiar con estas situaciones complejas. Este marco debería complementarse y fortalecerse mediante contratos más robustos. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) apoya esta visión. En septiembre de 2015, la Asamblea General de ONU aprobó nueve principios que deberían orientar los procesos de reestructuración de deuda soberana. Estos principios se han violado reiteradamente en las experiencias recientes de reestructuración de deuda soberana. Si se respetaran, se resolverían algunas de las deficiencias observadas en esos procesos. Sólo seis países votaron en contra de su adopción: Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Alemania, Israel y Japón. Pero como ese grupo incluye a las principales jurisdicciones prestamistas, estos principios no tendrán ningún impacto efectivo importante en el corto plazo. La idea es que por lo pronto sean parte de un proceso gradual de creación de normas sobre lo que es buena práctica en este tipo de reestructuraciones.  

Lunes 18, febrero, 2019

Heymann: Argentina tiene una propensión inflacionaria

Heymann: “Argentina tiene una propensión inflacionaria” Entrevista a Daniel Heymann IIEP de FCE-UBA Por Alejandro Radonjic  El Economista dialogó con Daniel Heymann sobre la inflación y la necesidad de contar con un plan integral para atacarla.   Febrero de 2019 y seguimos hablando de inflación. Todo esto arrancó en 2006-2007. Es todo un dato: ya van trece años. ¿Hubo períodos de inflación, aunque moderadas y sin hiper, tan extensos? El período 1975-1990 fue para alquilar balcones. La tasa más baja fue 80% y pico. Hay casos en el mundo, también, pero son muy pocos y estamos en el límite. Tenemos propensión inflacionaria. El único momento en que eliminamos la inflación fue con un régimen que no permitía aguantar shocks.   La convertibilidad… Exacto.   El Gobierno dice que la inflación actual es más sana que la pasada porque tiene a los precios relativos, es decir, dólar y tarifas, más alineados… Haberse dado cuenta de que la posibilidad de bajar la inflación depende de lo alineado que estén los precios relativos es un avance. Ese reconocimiento estuvo ausente en 2015 y 2016. Pensaban que el efecto del anuncios de las metas de inflación, junto con la política monetaria, iban a cambiar las expectativas y estabilizar las cosas, independientemente de cómo estuvieran los precios relativos.   Y ahora los precios relativos están más alineados. Además, con un torniquete monetario importante. ¿Se puede desinflar más rápido? Hay que tener la inflación en mente, sin ninguna duda, pero no la pondría como el objetivo principal de la política económica de corto plazo, y menos aún como objetivo único. Y no por preferencias sino por lógica económica. Supongamos que lo haces a costa del nivel de actividad. Ahí te va a sufrir la recaudación, además de ser socialmente indeseable. La recesión está afectando la recaudación y, en parte, es porque estás apretando. Si querés que la dominancia fiscal no te muerda, tenés una situación fiscal en su lugar y para eso necesitás que la actividad te dé base imponible. ¿Qué necesitás para que el nivel de actividad se sostenga? Varias cosas. Una de ellas, y muy importante, es no quedarte sin dólares, es decir, chocar con la restricción externa y para eso necesitás exportar. Es decir, necesitás un nivel de actividad razonable y un Tipo de Cambio Real (TCR) sostenible. Si querés bajar la inflación, tenés que mirar esas variables también.   Varios de sus colegas empiezan a advertir sobre eso… Si querés reducir el déficit y no tenés capacidad de financiamiento, ¿qué hacés? Si querés sostener una desinflación, tenés que reducir el uso del financiamiento del BCRA, algo que están haciendo, tenés que mejorar la situación fiscal y, como dije, es clave sostener la actividad.   Tampoco está disponible el recurso de potenciar los ingresos tributarios… No, por eso. Más vale que la base suba y, para eso, es clave el nivel de actividad.   Pero si el Gobierno hace el ajuste a costa del nivel de actividad, algo que no es descabellado pensar, ¿podría bajar bruscamente la inflación? El efecto de la demanda agregada sobre los precios es indirecto y necesitás mucha fuerza por ese lado para conseguir esa desinflación que mencionás. Supongamos que suben aún más la tasa de interés, eso te enfría la actividad y, potencialmente, te atrasa el tipo de cambio.   Y eso no es sustentable… Nos pasó varias veces y, en algún momento, te chocás con la restricción externa. Es necesario que la economía real se configure de una manera con la que, ojalá, el nivel de exportaciones crezca y la demanda interna también pueda hacerlo. Si la economía se recupera, vas a tener más aire fiscal y eso te permitirá, a su vez, generar ciertas condiciones para desinflar más allá de algunos meses.   ¿Algo de eso ya se está viendo? A ver. La balanza comercial se está corrigiendo, es cierto, pero, hasta ahora, es producto de la caída de las importaciones por la recesión. Ese es el mecanismo de ajuste clásico nuestro. Hacia adelante, vuelvo a insistir, es aliviar la restricción externa por un crecimiento de las exportaciones. Los números están mejorando, pero hay que ver si hay una nueva tendencia. El tipo de cambio es clave, obviamente y también hay que apuntalar los sectores que pueden tomar impulso exportador rápido. Eso te va descomprimir el mercado cambiario sin necesidad de una política monetaria tan restrictiva.   Imagino que habla de una suba de las exportaciones importante y no en el margen, como se dice… Sí, números macroeconómicos. En 2011 exportamos algo más de US$ 84.000 millones, pero en los últimos años bajamos a US$ 60.000 millones. No va a ser fácil, pero hay que pegar un salto. Cuando la economía se ponga a crecer, las importaciones van a crecer y te chocás con la restricción externa de nuevo. Pasó en 2014, 2016 y 2018, y hoy no se avizora un crecimiento que no requiera aumentar, a su vez, las importaciones. Es un ciclo del que debemos salir y la inflación es parte del negocio. Hay que ver todo en su conjunto y darte cuenta de que tenés trade-off en el medio. Si no, es frazada corta.   Por eso siempre reaparece una nueva ilusión que nos permita tener un boom exportador para financiar el alto nivel de gasto interno: la soja, Vaca Muerta, el litio… Es así, pero es necesario ver los hechos sobre la mesa.   Ver más

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Domingo 07, abril, 2019

Roxana Maurizio: "No hay evidencia de que para formalizar sea eficaz bajar contribuciones"

Roxana Maurizio: "No hay evidencia de que para formalizar sea eficaz bajar contribuciones" La economista especializada en temas laborales advierte que la tasa de empleo lleva años sin crecer y que la desocupación debilita las condiciones del mercado El índice de desempleo mostró en la Argentina, según el dato del Indec al cuarto trimestre de 2018, un aumento respecto de ese período de 2017: se ubicó en el 9,1% de la población activa. El signo negativo de la variación no llamó la atención en un contexto de recesión económica. Pero, más allá de ese agravamiento del problema social que se dio de un año a otro, una mirada a lo que ocurre en el mediano plazo con los indicadores laborales permite saber, por ejemplo, que la tasa de empleo (porcentaje de ocupados sobre la población total) lleva más de 10 años estancada en alrededor de 42% y que van muchos años sin cambios significativos en otros indicadores, como el de informalidad. A esos datos está atenta la economista Roxana Maurizio, docente e investigadora en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el Conicet. En un diálogo con LA NACION, Maurizio advirtió que, para el diseño de las políticas contra el trabajo no registrado, hace falta ver que se trata de un problema con heterogeneidad de situaciones. Y, según dijo, no hay evidencias de que bajar contribuciones patronales sea eficiente y eficaz para lograr una mayor formalización. Analizó, además, que en el mediano plazo la suba de la desocupación no solo tiene que ver con el empleo en caída, sino también con lo que pasa con la tasa de participación laboral, que empezó a mostrar una tendencia a crecer hace unos años. -En cuanto a esa tasa de actividad, ¿no es esperable que crezca? ¿O no es incluso deseable, si se tiene en cuenta que la participación laboral de las mujeres es mucho más baja que la de los varones? -Absolutamente. Se esperaba que en la década pasada la tasa de actividad aumentara, pero estuvo por lo general estancada. Lo que más la mueve es lo que hagan las mujeres, porque entre los hombres ya es alta. Y hubo fluctuaciones cíclicas que tuvieron que ver básicamente con las mujeres y los jóvenes, que pueden estar entrando más tardíamente al mercado laboral. Algo que llama la atención de los años 2000 es que el estancamiento tuvo por detrás una caída de la participación de mujeres de menor nivel educativo que viven en hogares con menores, y eso no tiene que ver con la Asignación Universal por Hijo, porque es algo que viene de antes. -Como la tasa de empleo, la de informalidad también está quieta. -Se había observado una caída muy fuerte entre 2003 y 2010/2011. Después siguió reduciéndose, pero a menor ritmo, hasta 2015. Y desde 2015 estamos en alrededor de un tercio del total de asalariados. En 2016, 2017 y 2018 hubo subas de un punto, un punto y medio de ese índice. Es un leve crecimiento de la informalidad en paralelo con un aumento del desempleo: el alto desempleo es una punta del iceberg que debilita las condiciones de empleo. -¿Qué efectos podrían tener políticas tales como el blanqueo laboral que propone el Gobierno, si se tiene en cuenta quiénes son o dónde trabajan los informales? -Si se mira por tamaño de empresas, más de 65% de los informales está en microestablecimientos de hasta 5 ocupados. Ahí hay una situación de baja productividad, no se cumple con la normativa laboral porque se está en la economía informal. Si se mira por actividad, un cuarto de la informalidad está en el servicio doméstico, y ahí las políticas de las que se habla no aplican. Si uno quiere atacar la informalidad en establecimientos pequeños, es poco probable que haya logros solo con la baja de contribuciones patronales; se necesitan políticas laborales y también productivas. Una política que se propone es el blanqueo y otra, ya en marcha, es la del mínimo salarial no imponible [un monto fijo de los salarios que actúa como piso sobre el cual comienzan a pagarse las contribuciones sociales]. En la experiencia argentina, no hay evidencia de que una baja de contribuciones sea una herramienta eficiente, eficaz y suficiente para bajar la informalidad. El aspecto fundamental, la condición necesaria, es un crecimiento económico que sea estable. Y las políticas como la baja de contribuciones podrían ser selectivas. Con la baja de contribuciones hay incertidumbre sobre los efectos en la formalización, y hay certeza de que hay menos recursos para la seguridad social. -El costo de las indemnizaciones por despido, ¿es algo a revisar? ¿Tendría efecto una baja o un cambio para que, por ejemplo, cada convenio fije sus reglas? -La respuesta va en el mismo sentido que la referida a las políticas para formalizar. El debate sobre este tema se vincula con el seguro de desempleo: ¿qué diferencia al seguro de desempleo de la indemnización? Los dos dan un sostén a quien queda desocupado; uno lo da en un momento y el otro prevé un ingreso durante un período. En las discusiones, sobre todo en los años 90, se decía que, habiendo seguro, ¿para qué la indemnización? Pero en la Argentina hay un seguro de desempleo que cubre a muy pocos y con montos muy pequeños y, como en toda la región, hay una tasa de rotación alta. La indemnización previene que la rotación suba más. La pregunta es si necesitamos más flexibilidad, si el aparato productivo requiere más dinamismo. Y no parece estar esa necesidad. -¿Se necesita una regulación laboral para las economías de plataformas? -Es un debate abierto, más presente en el mundo desarrollado que aquí. En un país con alta informalidad, quizá estos empleos podrían ser una vía para la formalización; eso depende de cómo se fijen las relaciones. Ya sea que a los trabajadores se los reconozca como asalariados o como independientes, si se exige que estén registrados en el esquema tributario hay un paso adelante cuando se compara con la informalidad. -¿Y deberían ser considerados asalariados o independientes? -Esa es la disyuntiva. La definición tradicional es que el asalariado vende su fuerza de trabajo para un empleador que le da los medios de producción y establece las reglas del contrato. Y un independiente es su propio jefe, fija sus normas, pone su capital a trabajar y responde por él. La dificultad que se da en estas economías de plataformas es que los empleos son un caso intermedio; por ejemplo, está el que es dueño de su bicicleta pero no es su propio jefe porque le fijan reglas. No es el caso del plomero que está en su casa y, a demanda, va a hacer un trabajo usando sus medios de producción. Por eso, en varios países se dan diferentes fallos de la Justicia respecto del empleo en estas plataformas. Y la OIT los ha llamado trabajadores independientes, dependientes económicamente. Sobre esa discusión se monta el tema de si hay que regularlos y darles protección y si es, en todo caso, una protección que esté por fuera del sistema laboral. Por: Silvia Stang

Miercoles 13, marzo, 2019

La economía y los prejuicios nunca se llevaron bien

La economía y los prejuicios nunca se llevaron bien Por  PABLO FERNÁNDEZ "Las decisiones económicas de las personas muchas veces están basadas en sesgos cognitivos que poco tienen que ver con la racionalidad. Y este comportamiento, en ciertos casos, puede terminar impactando en forma negativa en la macroeconomía del país". El rumbo de la economía de un país depende de muchas variables, pero hay una, quizás la menos visible, que tiene que ver con las decisiones individuales de sus habitantes, quienes no siempre lo hacen de la manera más racional. Lo que hace la economía del comportamiento es detectar y ocuparse de estos sesgos cognitivos o prejuicios que existen a nivel micro. La pregunta es si ellos también pueden tener impacto sobre los agregados macroeconómicos. “Esta rama nace por la preocupación de algunos economistas y de psicólogos, sobre la mirada de la economía tradicional acerca de la conducta humana. La teoría tradicional siempre enfatizó la racionalidad pura del individuo. Por un lado, el consumidor tenía que tener como característica principal un egoísmo o interés económico para intentar ser lo más feliz posible, económicamente hablando. Por otra parte, se asumía que los empresarios siempre maximizaban ganancias. Además, los modelos económicos daban por sentada la idea de que los individuos tenían capacidades de cálculo fantásticas como para llevar adelante estos objetivos”, explica Pablo Mira, docente e investigador de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. “Luego, algunos psicólogos y economistas comenzaron a llevar a cabo varios experimentos y llegaron a la conclusión de que esto no era así. Ni los humanos éramos tan egoístas como se decía, ni tampoco éramos tan capaces. Y esto puso en duda algunas conclusiones tradicionales, porque se estaba partiendo de un supuesto erróneo. A veces la racionalidad funciona muy bien en la toma de decisiones económicas. Por ejemplo, si se grava con un impuesto del 50% a los plazos fijos, la respuesta de las personas va a ser salir corriendo a cancelarlos, sean más o menos racionales”, afirma Mira, que también es autor del libro Economía al Diván. La cuestión pasa a ser menos clara cuando las decisiones en juego son un poco más sutiles. “Eso es lo que sucede con las burbujas especulativas. La gente muchas veces invierte sin ninguna justificación racional. Alguna vez fueron los tulipanes, otras varias las acciones y, en la última crisis del 2007, las propiedades. Y puede darse el hecho de que la gente, comportándose en manada, sin ser muy alfabetizada financieramente hablando, compre por el simple hecho de que todos compran. Y estas cuestiones suelen terminar muy mal. Las irracionalidades individuales que se van agregando terminan en un problema para todo el sistema”, sostiene el docente. Más cerca de la conducta económica local, el ejemplo más claro es el de la compra de dólares, cuenta Pablo Mira: “A diferencia de las demás burbujas, en la Argentina la gente exhibe conductas extrañas cuando se trata del mercado cambiario. Existe una tendencia de los argentinos a pensar que, cuando el dólar está barato, todo irá irremediablemente bien y que estamos encaminados al éxito. Los deciles más altos de la población tienen acceso a ciertos bienes y servicios que de otra manera no alcanzarían. Esta situación suele generar en la macroeconomía un bienestar transitorio, ya que, en este contexto de un dólar bajo, la inflación también desciende y el nivel de actividad empieza a recuperarse”. “Pero muchas veces esto sucede debido a un tipo de cambio atrasado. La economía ingresa en una suerte de burbuja con final anunciado, porque un tipo de cambio demasiado barato hace que, ante la menor duda de su sostenibilidad, los agentes cambien bruscamente sus expectativas y se cubran demandando divisas, incluso contrayendo al máximo su gasto. Y esto tiene que ver con cierta lógica ligada a la psicología social. El sesgo aquí es que la gente se concentra excesivamente en el corto plazo, en lugar de considerar en el futuro un posible salto cambiario. Una posible explicación es que, mientras todo va bien, cada individuo espera mejorar su posición, ahorrar y comprar dólares antes de que sobrevenga la devaluación. Así, durante los buenos tiempos hay personas que invierten, se endeudan, encaran proyectos riesgosos, viajan y gastan de más”, detalla el docente. ¿Cómo reducir los sesgos cognitivos? Ahora bien, ¿estos sesgos son inherentes al ser humano, o solo se dan en determinados contextos? La respuesta de Mira es clara: “Algunos son inherentes al ser humano, son conductas irracionales que podrían ser juzgadas como universales. Y hay otras que se activan según el contexto. En un país donde el dólar no es objeto de ahorro, es imposible que surja este disparador tal como sucede en la Argentina. No hay otro país tan afecto al dólar, fuera de los Estados Unidos, como la Argentina. Por eso suele haber una interacción entre naturaleza humana y contexto a la hora de la activación de determinados sesgos económicos”. iendo estas conductas sesgadas un problema para la macroeconomía, lo que estaría faltando sería una solución para remediarlo. Por eso Mira afirma que “ante estas conductas irracionales conviene llevar adelante políticas originales para amortiguar sus impactos y desalentar los sesgos. Para eso hay que ser sutil, a la gente no se la puede obligar a actuar de determinada manera, porque la reacción puede ser la contraria a la que se busca”. “Un ejemplo reciente, que no tiene que ver con la economía, pero ayuda a entender cómo tratar algunos de estos problemas es la llamada Ley Justina”, dice el docente, y continúa: “A través de la promulgación de esta ley se logró que todas las personas sean donantes de sus órganos, salvo que dejen asentado que no desean serlo. Esto es, justamente, lo contrario a lo que sucedía antes de su sanción. A partir de su implementación, esta ley logró el efecto deseado de aumentar las donaciones sin tener que esperar que la gente tenga que ocuparse de un tema sobre el cual pesan varios sesgos irracionales. Pese a su importancia, son decisiones que, por su incomodidad psicológica, suelen dejarse para otro momento”. También se puede trasladar esta problemática al área económica. “Un caso muy claro es el gasto de cada hogar en energía eléctrica, un tema micro que repercute en la macroeconomía de manera contundente”, explica Pablo Mira, y desarrolla: “Hay países que, junto con la boleta de la luz, te hacen llegar la información de que un vecino tuyo, cuya familia tiene una composición similar, gasta la mitad que vos. Muchas personas sintieron vergüenza social por gastar el doble, y empezaron a disminuir su consumo de energía eléctrica”. “Apelando a esos sentimientos, y no solo a la racionalidad económica, se puede mejorar la situación. Una forma de atacar el problema es contar con una unidad ‘conductual’ interdisciplinaria, con gente preparada, que se dedique a buscar formas de corregir, de a poco, estos problemas macros desactivando ciertos sesgos. No es fácil ni es lo único que debe hacerse, porque la cuestión puramente económica sigue siendo muy importante y compleja, pero no hay razón para suponer que estas medidas no puedan contribuir a mejorar las decisiones de los seres humanos, que finalmente son más humanos que racionales”, concluye el docente.  

Miercoles 24, octubre, 2018

La predicción de los procesos económicos a través de las opiniones en los diarios

La predicción de los procesos económicos a través de las opiniones en los diarios Daniel Aromi es profesor de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, pero también es investigador, y su principal área de interés es la economía conductual y sus aplicaciones. La economía conductual tiene como objetivo mejorar la comprensión de los procesos de aprendizaje y el comportamiento de los actores económicos. En este constante camino es que Aromi desarrolló un sistema a través del cual logró medir los distintos niveles de optimismo de la opinión pública. Luego de analizarlos, llegó a la conclusión de que, cuando dicho optimismo está en alza, lo que le sucede es una crisis económica. Y de esta manera lo cuenta: “La idea es aprender a medir opiniones que, inicialmente, están expresadas en lenguaje natural y tratar de volcarlas y mapearlas hacia indicadores que resuman mucha información de forma que se resuelvan la mayor parte de las ambigüedades del lenguaje. Por ejemplo, medir el tono de las opiniones con respecto a la economía argentina para que sirva a quienes tienen que tomar decisiones acerca de una posible inversión. Para ello nos basamos en la opinión pública, cuya fuente principal son las noticias en la prensa de medios que tienen presencia global y que hablan de economía”, sostiene, y agrega: “Al generar estos indicadores se resume mucha información, la cual es difícil de entender. Nosotros, día a día, leemos los diarios y tenemos alguna idea de hacia dónde van las opiniones, pero este trabajo sería un esfuerzo por resumir esa información automáticamente, la cual puede ser útil tanto en el día a día como para realizar estudios académicos. De esta manera, podemos tratar de entender por qué sucedió una crisis, una reversión económica o un proceso de crecimiento”. -Este tipo de estudio es para entender por qué sucedieron determinados procesos, pero también para prevenir los que puedan suceder. -Exacto, estos análisis nos podrían ayudar a tomar mejores decisiones, prevenir errores o disminuir la frecuencia con la que ocurren. “Las personas reciben noticias, si las noticias son buenas, son demasiado optimistas, entonces, en promedio, mañana se llevan sorpresas negativas porque se inflaron demasiado las expectativas y la realidad las decepciona. Y al revés”. -¿Cómo se lleva a cabo en la práctica este tipo de trabajos? -El primer paso es conseguir grandes cantidades de texto digitalizado. En algunos casos se puede ir a las páginas webs de los diarios y, a través de un programa, bajar toda la información disponible. Lo que hice para un análisis fue bajar todos los titulares, desde 1890 hasta la actualidad, del Wall Street Journal, lo cual da un total de 4,5 millones de artículos. Esto, por un lado, es una gran oportunidad, pero por otro es un problema, porque es tanta la información que uno se pregunta cómo la ordeno, cómo la proceso. Porque esta información está expresada en un lenguaje informal, no están muy claras las reglas y hay muchas ambigüedades. Lo primero que hay que aclarar es que uno tiene que pensar esto como un trabajo en desarrollo. Y la solución para volcar todo esto en indicadores que nos sean de utilidad. Afortunadamente, hay bastantes antecedentes en la literatura. En este caso lo que hice fue explotar una lista de palabras negativas que fue generada hace 50 años por lingüistas en Estados Unidos, quienes les hicieron miles de preguntas a muchas personas para que clasifiquen determinadas palabras como positivas y otras como negativas, lo cual da una lista de 2 mil palabras negativas que uno puede utilizar para generar un índice preliminar. Mi primer ejercicio tiene que ver con contar las palabras negativas dentro de un texto que, por ejemplo, se refiera a la Argentina. Me detengo en un determinado año y cuento cuál es la fracción de palabras negativas sobre el total y esa es la medida preliminar de optimismo. -A menor fracción de palabras negativas, mayor optimismo, y viceversa. -Exacto. Ese es el primer índice, el cual utilicé varios años. Pero últimamente traté de ver cómo pulir el análisis en función de esos índices que iba descubriendo. Me refiero a tratar de asignarle determinados valores a palabras individuales. Y fui descubriendo que había palabras que estaban en la lista de negativas, pero que no lo eran tanto o que, por el contrario, eran positivas. Por ejemplo, la palabra “minas” estaba clasificada hace 50 años como palabra negativa, porque se refería a las minas de guerra, a explosivos. Y hoy, en el contexto económico, una mina hace referencia a la explotación de recursos económicos, lo cual viene de la mano de tiempos de expansión. Otro caso es el de la palabra “capital”, asociada muchas veces a la pena capital, sin embargo, en el contexto que estudio tiene que ver con el financiamiento de inversiones. Es por eso que la interpretación del lenguaje tiene que tener en cuenta el contexto en que ese lenguaje se utilizó. Puede variar de una época a otra, como también entre distintas secciones del diario. No es lo mismo la sección de espectáculos o policiales, que la de economía. -Estas predicciones económicas, ¿se pueden validar en función de los aciertos que obtuviste al haber hecho un correlato acertado de la historia económica analizada y las noticias publicadas en ese mismo periodo? -Sí, el aprendizaje está relacionado con ver, en la historia, cuáles eran las asociaciones que se observaban. Uno trata de validar los análisis en función de la historia y la apuesta es que la historia es informativa acerca de lo que va a pasar más adelante. Eso nos puede ayudar a interpretar mejor las opiniones del momento y, al mismo tiempo, en función del escenario medido, qué nos toca esperar a futuro. -¿Cómo es que en función del análisis económico pasado se puede predecir lo que puede suceder en el futuro? -Existen análisis estadísticos acerca de los niveles de optimismo y las sorpresas que los suceden. Hay dos ejercicios principales sobre los que estoy trabajando. Uno es el de las sorpresas en torno al crecimiento económico, por el cual tengo una medida de sorpresa que es la diferencia entre cuánto se esperaba que creciera la economía y cuánto terminó creciendo. Y, lo que logré observar es que hay una asociación entre nivel de optimismo y sorpresa: mayores niveles de optimismo van asociados a sorpresas más negativas, lo cual es consistente con la idea de que solo hay reacción. Las personas reciben noticias, si las noticias son buenas, son demasiado optimistas, entonces, en promedio, mañana se llevan sorpresas negativas porque se inflaron demasiado las expectativas y la realidad las decepciona. Y al revés. Ante las malas noticias nos volvemos demasiado pesimistas y, en promedio, mañana la realidad nos sorprende positivamente y nos va mejor de lo que esperábamos. -¿Esto se puede aplicar a niveles macro de la economía? -Algo parecido sucede en los mercados financieros. Es de esperar que haya cierta consistencia entre las sorpresas que se observa en términos de crecimiento económico y la evolución de los precios de los activos. Es decir, buenos tiempos anticipan desempeños malos en la bolsa. Y, por supuesto, al revés. -¿Existe algún plazo de tiempo de permanencia del optimismo/pesimismo antes de que llegue un periodo económico contrario? -Esto ocurre a baja frecuencia, en periodos aproximados de cinco años. Mido el nivel de optimismo cada cinco años y observo cuál es el valor predictivo con respecto a los próximos cinco años. En promedio se observa que, si en los cinco años que recién terminaron hubo un shock de optimismo, en los cinco años que vienen después va a haber un shock negativo en términos de las noticias. Es el escenario en el que esperabas vivir, versus el escenario en el que te toca vivir. -¿Esto quiere decir que entre estos dos ciclos, el primero positivo y el segundo negativo, hubo una crisis económica que derivó en el pesimismo final? -Hay distintos componentes de esta explicación. Una posible explicación es la más psicológica, si se quiere, y es que cuando la gente se vuelve más optimista luego esto tiende a revertirse. Pero también hay un costado económico, y el que indica que un escenario de optimismo te lleva a tomar ciertas decisiones. Si vos pensas que mañana vas a ser rico, lo que haces a partir de ese instante es empezar a consumir. ¿Por qué vas a ahorrar hoy si mañana vas a ser rico? Y eso te lleva a un mayor consumo. O, si pensas que la economía tiene un futuro muy bueno, empezas a invertir, y muchas veces esas inversiones no son tan redituables como lo esperabas. También se puede pensar en decisiones de gobierno. Un gobierno que espera un gran futuro no siente que hoy tenga que hacer grandes sacrificios, sobre todo si cree que las cosas van a andar bien así como están. Así, se pueden ver los grandes déficits fiscales que experimentó la Argentina asociados a creer que hay un buen escenario futuro. Luego, ese escenario no se concreta y así se llega a una crisis. Entonces, por ejemplo, no se ahorra, pensando que igualmente mañana voy a tener muchos ingresos que me van a permitir pagar la deuda que estoy tomando hoy. Y no solo tiene que ver con que se gasta demasiado, sino con muchos otros casos, como invertir en proyectos que luego no resultan ser tan convenientes como se esperaban. -Según este análisis a lo largo de los años, parecería inevitable pensar que cuando sentimos que nos va bien, en realidad deberíamos prepararnos para un escenario negativo. -A veces tengo miedo de comunicar esto como una relación inevitable. Lo que reporto son asociaciones estadísticas. Y, cuando las cosas andan bien, en promedio se observan este tipo de sorpresas, lo cual no quiere decir que sea inevitable. Lo que también podemos pensar es que la documentación de este tipo de asociaciones puede llevar a tomar decisiones más precavidas. Entonces, si uno supiese que, sistemáticamente, el optimismo está asociado a sorpresas que pueden ser negativas, se debería ser más cauteloso a la hora de tomar decisiones, como lo pueden ser el endeudamiento, el consumo o las inversiones. Por ende, esta asociación negativa podría mitigarse y así cambiar el mapeo hacia adelante. -¿Cómo osciló el optimismo y el pesimismo a lo largo de los años de la economía argentina que analizaste? -Con respecto a la Argentina, nunca detecté tanto optimismo como en 1993, y esto lo atribuyo, en parte, al desempeño económico de aquel entonces, cuando los niveles de crecimiento y económico habían sido positivos. Lo que ese optimismo no contempló fueron las vulnerabilidades que había detrás de dicho proceso de crecimiento. Y al ser ignoradas estas vulnerabilidades y no tomar medidas al respecto, el entusiasmo fue en aumento. A partir de 1995, asociada a la crisis producto del efecto tequila, se notó un retroceso de ese optimismo. Y se mantuvo un nivel medio de optimismo hasta el 2001, donde se revirtió el escenario y se vieron reflejados en los índices todas las opiniones asociadas a la crisis que se estaban desarrollando en la Argentina. Este pesimismo del 2001 es similar al que pude observar en 1989, asociado a la hiperinflación, y al que se vivió a principio de los ’80 con la crisis de la deuda y la guerra de Malvinas, y previo a la llegada de la democracia. Volviendo más acá en el tiempo, a partir del 2002 y 2003, crecieron nuevamente los niveles de optimismo hasta el 2013, año en que finalicé el análisis, sin embargo ese optimismo nunca llegó a lo que se observó durante los ’90. -¿Para realizar este análisis a qué medios recurriste? -Utilicé The Economist, el Financial Times y el Wall Street Journal. Con respecto a los medios nacionales, lo que ocurre es que tengo una gran limitación con respecto a la disponibilidad de datos, ya que La Nación, que es el diario que mejor archivo tiene, recién arranca en el año 1997. Es poco tiempo para analizar, sobre todo los pronósticos de mediano plazo. Sin embargo, por lo que pude ver, la sección económica de La Nación también reflejaba, en los años 2006 y 2007 altos niveles de optimismo, incluso mayores a los observados en los medios internacionales. Y no podría decirse que La Nación era un medio alineado con el gobierno del momento. El trabajo que hice con La Nación tuvo que ver con análisis de más corto plazo, y pude observar cómo, en ese lapso de tiempo, el contenido del diario en un trimestre te ayuda a predecir el crecimiento del PBI del trimestre siguiente. A mayor cantidad de palabras positivas, mayor crecimiento del PBI, y viceversa. Y fijate cómo se invierten los signos cuando el análisis es a cinco años, donde se produce la reacción inversa: a mayor optimismo le precede una crisis. En el mercado financiero está documentado que estos son fenómenos de sub reacción y sobre reacción. A corto plazo se documenta sub reacción, esto quiere decir que los mercados financieros no documentan toda la información relevante. Y, a largo plazo, sobre reacción. Es decir, hubo buenas noticias que se sostuvieron en el tiempo y, para que se entienda, los mercados se pasaron de rosca, se infló una burbuja que se terminó pinchando. -¿Estos trabajos los realizas en forma multidisciplinaria? -Sí, me apoyo en contribuciones desarrolladas por lingüistas y un campo muy activo y que se está expandiendo mucho, que es el procesamiento de lenguaje natural, que es un área de las ciencias de la computación. Hay una gran cantidad de profesionales y académicos que están trabajando en este mapeo que lleva el lenguaje natural a indicadores matemáticos que luego, eventualmente, podrían mapear a la inversa, de indicadores matemáticos a lenguaje natural. Y un paso siguiente es aplicar algunas formas de aprendizaje no lineal que se llaman redes neuronales, que tiene mucha discusión en esta área de procesamiento de lenguaje natural. -¿Se podrían utilizar las redes sociales para hacer este tipo de mapeo? -Hay investigadores que están utilizando Twitter para realizar indicadores de optimismo y pesimismo. Cuando uno mira hacia adelante solo se ve que esto va a seguir creciendo. Entonces las herramientas tienen que ser cada vez más sofisticadas, porque todo el tiempo hay mayor cantidad de datos.